Mister Hyde y el doctor Jekyll

La línea divisoria que separa el bien del mal suele ser tan estrecha que entonces no debe extrañarnos el que muchos la traspasen consciente o inconscientemente, aunque ese despiste no les libre precisamente de culpa.

En la historia de la literatura, porque no voy ahora a radiografiar la del crimen, hay muchos ejemplos que vamos a denominar ilustres entre comillas, e “ilustres” por quienes fueron sus protagonistas que no por cuanto hicieran en sus horas oscuras, siempre cuidadosamente silenciadas, por supuesto.

El primero de la lista, quizá porque el contraste es por ello más violento, y, sobre todo, desconcertante, nos lo ofrece el lírico Marcel Proust, cuya exquisita sensibilidad no podía permitirnos ni tan siquiera imaginar en dónde hallaba la culminación del placer sexual.

Hace años me contaron, y lo hizo un caballero francés, que a Proust le traían ratas enjauladas y que él se entretenía pinchándolas con largas agujas hasta que morían entre chillidos horribles, siendo estos chillidos para el novelista motivo de placer. Naturalmente, no me lo creí por considerarlo incompatible con el autor de la saga de El tiempo perdido, y recobrado, con el niño que amaba tiernamente a su madre, con el adulto a quien el aroma de una magdalena embebida en tisana, despertaba los más bellos recuerdos de su infancia. ¿Cómo podía aceptar semejante aberración?

Bueno, pues hace poco he leído que el affaire de las ratas no parece ser una leyenda inventada por sus enemigos, sino que es cierta aunque con algunas variantes; según parece, Proust frecuentaba un burdel en el que exigía le llevaran jaulas con ratas hambrientas a las que por medio de las famosas agujas eran azuzadas a luchar entre ellas hasta la muerte, coincidiendo el resto con lo que me explicaron.

Atormentar a quien sea, persona o animal, para lograr el propio disfrute, es sencillamente espantoso y no hay excusa que valga para justificarlo; lo que no cabe en la cabeza es que quien lo ponga en práctica sea una persona amable, bien educada, bondadosa, sensible hasta rayar lo enfermizo y de gustos selectos y refinados, a quien seducen perfumes embriagadores, la música clásica, manjares deliciosos, que llora ante una puesta de sol, que se extasía frente a los cuadros de una exposición…

Otro ser incomprensible fue el poeta Algernon Swinburne, quien al parecer dormía con una mona a la que disfrazaba de mujer, pareja que tuvo un fin de lo más trágico y repugnante cuando, al morder a un amigo de Swinburne llevada por los celos, el poeta dispuso que mataran al animal y luego fuese guisada para servírsela en la comida.

No creo que tan espeluznante historia, por las connotaciones que encierra, necesite el menor comentario.

El último caso que mencionaré tiene por protagonista a Lewis Carroll, al autor de Alicia en el País de las Maravillas, enamorado secreto, no tan secreto en realidad, de la pequeña Alice Liddell, y pedófilo encubierto en la época victoriana.

Cuando releo Alicia en el país de las Maravillas, no dejo de asombrarme una y otra vez de que un hombre inteligente, con tan fino sentido del humor y una imaginación perfectamente adaptada al universo infantil, no ironizo, pudiera haber llevado la doble vida que mantuvo Carroll durante su existencia adulta, doble vida que delatan las numerosas fotografías que realizó a una colección bastante importante de niñas entre cuatro y ocho años —todas posando de manera lánguida y sensual—, siendo siempre su preferida Alice. Una Alice que al crecer pudo escapar —porque a él las mujeres ya no le interesaban—, pero que siempre llevó en su rostro la huella de unos determinados momentos que debieron ser verdaderamente traumáticos para ella. Lo pasmoso del caso es que la sociedad de su época no se apercibiese de lo que ocultaban las suaves maneras del ocurrente escritor, y ni siquiera el hecho de que encargase a una pintora amiga que retratara a varias niñas desnudas despertó sospechas, y debiera haberlas provocado cuando, a su muerte, esos retratos fueron destruidos por expreso deseo suyo.

Todos conocemos la historia de El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Jekyll es un respetable caballero que de vez en cuando se transforma en el monstruoso y amoral Hyde, tan perfecta e inadvertidamente que nadie puede relacionarles, pero en este caso que tratamos es Hyde quien se oculta dentro del intachable doctor Jekyll, léase Marcel Proust, léase Algernon Swinburne, léase el honorable clérigo y matemático Lewis Carroll, y lo escalofriante del asunto es que ha tenido que pasar más de un siglo para que se hable abiertamente de esas “debilidades” impensables de ser comentadas hace unos años, aunque tal vez ahora en algunos casos la fantasía desbordante o bien el afán de notoriedad, hayan hecho que nazcan historias muy difíciles de contrastar, como por ejemplo, en opinión del criminólogo británico James Tully, que Charlotte Brontë envenenó a su hermano Branwel y a sus hermanas Emily y Anne, ayudada por el que luego sería su marido; que Conan Doyle, según el escritor Rodger Garrick-Steele, asesinó a Bertram Flechter Robinson para robarle a su mujer Gladys y, además, por medio del plagio, la autoría de El perro de los Baskerville, o que, en el sentir del estudioso investigador Richard Wallace, Lewis Carroll —otra vez él—, había sido, ni más ni menos, el tristemente célebre Jack el destripador.

Copyright © 2007 Estrella Cardona Gamio

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.