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Relatos

Encuentro

El caminante se acercó al hombre que pintaba bajo el sol del medio día. Era una mañana de verano, del mes de julio, y hacía calor pese a que se arremolinaban nubes oscuras precursoras de lluvia, demasiado para ir a pie, destocado y vistiendo ropas inapropiadas para la estación, manga larga, cuello cerrado, y por completo anacrónico, todo ello en tejido más bien grueso aunque desgastado por el uso, además su calzado tampoco era apto para andar por el campo, lo que quizá justificase el paso inseguro del que no está acostumbrado a caminar así en medio de la naturaleza con sus terrenos desiguales, sus piedras, los arbustos y las altas hierbas silvestres, que, algunas siendo cizaña, fingen ser espigas de trigo para confundir.

El hombre que pintaba sí iba pertrechado para la ocasión; pero no llevaba una blusa sino una especie de chaqueta de destajero, y, acostumbrado por su trabajo al aire libre, se cubría la cabeza con un sombrero de paja descolorido por muchos soles pasados, sobre el suelo junto al pintor, reposaba un viejo capacho lleno de cosas de lo más heterogéneo, y él estaba tan absorto en su tarea que no se dio cuenta de la presencia del caminante hasta que lo tuvo en frente obstaculizándole la visión.

Entonces el pintor, colérico ante aquella mancha ahusada y oscura, que rompía la línea horizontal de un paisaje dorado por las mieses bajo el denso cielo azul al que parecían adherirse las lejanas nubes de tormenta, exclamó:

—¡Eh, usted, apártese! ¿Es que no ve lo que estoy haciendo?

Al hablar había levantado la cabeza bruscamente y el intruso pudo descubrir un rostro en el que brillaban dos pequeños ojos azules, nerviosos, más bien frenéticos, hundidos bajo los arcos de unas espesas cejas rojas que hacían juego con la barba y el bigote sobre una piel blanca de esas que nunca se pondrían morenas aunque toda la vida permaneciesen expuestas a la intemperie.

El timbre de la voz del pintor correspondía al frenesí de su mirada y al espasmo nervioso del cuerpo cuando fue sacudido por la violencia con que pronunciara aquellas palabras. Parecía un muelle a punto de dispararse, y el caminante se echó hacia un lado con presteza, no por miedo, porque cobarde no era, sino mohíno de haber quebrado el paisaje durante unos segundos al interrumpir al artista en su tarea.

El estampido de la voz había sonado como un disparo y también la quietud de la mañana se vio alterada momentáneamente, una mañana que se deslizaba perezosa entre zumbidos de insectos, espantando a ciertos pájaros oscuros que súbitamente volaron entre graznidos.

—¡Peste de cuervos! —barbotó el hombre que pintaba, y, furioso, introdujo rápidamente su mano en un bolsillo como si buscara algo en concreto, ¿tal vez una pistola?, pero, cambiando de idea con la misma rapidez, se inclinó para agarrar un pedrusco del suelo que lanzó al aire, en dirección a los pájaros; sabiendo de antemano que no le iba a dar a ninguno.

—Aves de mal agüero —observó el caminante, con inequívoco acento extranjero, santiguándose—, paréceme que alguna carroña o animal moribundo no debe andarse muy lejano…

El pintor, apaciguado de pronto como si el hecho de haber arrojado la piedra se hubiera llevado su mal humor, contempló con otros ojos al caminante, descubriendo ante sí, y bajo el sol que se hallaba en su cenit, a un hombre mayor que semejaba carecer de sombra al desplomarse la luz verticalmente encima de su cuerpo, un hombre cuyas viejas ropas estaban raídas, y a quién, además, le faltaba la mano izquierda. Poseía un rostro interesante, consumido, largo, de barba afilada, cabellos bien peinados, ojos inteligentes, pero no existían los colores fuertes y contrastados; todo él era como grisáceo, su persona, y las facciones pálidas, amarillentas, con la sombra de la barba de un verde veronés tenue, o, mejor aún, azul de prusia como difuminado, ¿quizá violeta?; de haberle tomado como modelo habría preferido dibujarle a caña y lápiz antes que pintarlo, ya que evocaba habitaciones apenas iluminadas por ventanucos cercanos al tejado, o, en todo caso, piezas oscuras alumbradas por antiguos candiles de aceite. Luego, lo que le sedujo también, fue, el que pese a su ostensible pobreza, el desconocido no había perdido la dignidad del porte.

—¿Viene de muy lejos? —preguntó súbitamente dulcificado.

—En ello estoy harto tiempo hace y aún no creo haber encontrado el camino debido.

—¿Y quién lo encuentra? —masculló el otro— Yo soy pintor, toda una vida pintando y pintando y pintando, amarillo de cromo, verde veronés, azul cobalto, azul ultramar, prusia, mina anaranjado, carmín, bermellón, laca geranio, blanco de plata, blanco de zinc, verde esmeralda… ¡Malditos colores, parece que su lenguaje sólo lo entienden ellos! ¡Quiero encontrar el amarillo del sol, quiero mirar el sol de frente para arrancarle su secreto y ponerlo en mis cuadros, pero el sol, esa bola inflamada, huye constantemente, día tras día y no se deja capturar nunca! ¡Es una desbordante espiral dorada…, dorada como los campos de trigo, mírelos, ahí están, mares de tranquilidad ahora que no sopla el vendaval, pero también guardan su secreto!… ¡La pureza del amarillo, que no es la pureza del blanco; la pureza del blanco es la locura, la noche estrellada que te arrastra en su torbellino, la pureza del amarillo es Dios, por eso resulta inalcanzable arrancarle ese misterio que es el de la Creación, el de la Vida!

El otro le miraba sin comprenderle muy bien; sus palabras le sonaban a herejía y la conducta del artista, pintando allí mismo al descubierto, no dejaba de extrañarle, ya que hasta el momento nadie en la corte habíalo hecho y él lo hallaba revolucionario y por revolucionario, inquietante, mas a aquel hombre no parecía preocuparle gran cosa lo que pudieran pensar de él las gentes y ello revelaba muy poca cordura. Además era pelirrojo, como se afirma lo son las brujas auténticas… y el diablo cuando se disfraza de hombre, que algún sello ha de conservar para no ser igual que todos. El caminante se inquietó, tanto andar sin tropezarse con nadie durante leguas y ahora, al que topaba más le valiera no haberlo encontrado nunca, carne de hoguera si algún otro escuchaba unas palabras tales e iba de correveidile con el cuento a la Inquisición.

—¿Por qué no se sienta?; parece estar cansado.

El caminante miró en torno suyo vacilante; allí no había ni un mal banco de piedra ni tronco caído que le ofreciesen acomodo alguno y ciertamente sentarse en el santo suelo no resultaba muy de su gusto, máxime cuando ya iba bastante cubierto de polvo de tanto andar. El otro se dio cuenta de su reticencia y le dijo tranquilamente:

—Siéntese junto al capacho, ahí el terreno está desbrozado y la tierra es limpia, no mancha, se puede sacudir después. El caminante contempló absorto el capacho, era de un amarillo sucio indescriptible y sobre la tierra roja ofrecía un inesperado contraste, igual que un perro rubio sin amo que estuviera descansando a la escasa sombra ondulante del trigal. Se veía que por aquellos andurriales, el sendero que le condujese hasta allí entre los campos a punto de siega, la tierra era bermeja y con apariencia de cosa viva, no como las del mismo color, y sedientas, de las áridas mesetarias de donde provenía.

El pintor le miró con pupila crítica, un poco de reojo igual que hacen los gallos cuando advierten algo que les sorprende o de lo que desconfían.

—No se lo piense tanto, buen hombre; debe de estar usted cansado y yo no puedo invitarle a otra cosa mejor ya que mi silla la necesito para pintar.

El caminante sonrió con timidez.

—Vuesa merced es muy generoso, al ofrecerme cuanto buenamente se le alcanza y pues su licencia me concede, tomaré asiento.

El hombre que pintaba le miró ahora con curiosidad, como si de repente se diera cuenta de que allí había otra persona que no era él mismo y con la que podía hablar aunque se expresase de una forma tan extraña.

—¿Hacia dónde se dirige? —quiso saber.

—Busco a alguien… El otro le interrumpió:

—Si me dice donde vive esa persona, el pueblo, tal vez pueda ayudarle.

—Va de un lado para otro sin otro norte que su empeño y falto de residencia a la que pudiérasele dar el nombre de fija.

El pintor creyó haber dado con la clave al oír aquello.

—¿Pertenece a la misma compañía?

—¿A la mesma compañía? —repitió su interlocutor sorprendido.

—Sí, de cómicos ambulantes —y el artista subrayó sus palabras dedicando una expresiva mirada a las ropas del caminante. Éste tardó unos segundos en captar la idea, luego se ruborizó intensamente.

—El hado es caprichoso pero ello no os autoriza a menospreciarme por este mi aspecto con el cual le plugo a la madrastra fortuna hacerme dádiva. Vos sois un artista pintor harto peregrino en vuestra industria y así yo no os juzgo por el hecho de que no dispongáis de dineros para alquilar un taller ni me mofo de vuestra desventura ya que de manera fehaciente se demuestra que hasta carecéis de mecenas cortesano que os proteja.

El otro, sorprendentemente, no se enfadó. Había entrecerrado los párpados hasta convertir sus ojos en dos rendijas como si evaluase de lejos la perspectiva de un paisaje. Cuando él estuvo en el manicomio, y de eso no hacía demasiado tiempo, había podido estudiar muchos tipos de locura, incluyendo la suya propia analizada carta a carta en las que enviase a su hermano en los momentos de lucidez que le dejaban las crisis, y por ello no le cupo la más mínima duda de que el estrafalario individuo era un pobre lunático recién huido de algún hospital; su ridículo lenguaje arcaico, el burdo disfraz de sus ropas imitación risible de otra época, así lo atestiguaban ya que, según parecía, no se trataba de ningún cómico errante. Y sintió pena, porque, a pesar de su mal carácter, era un hombre de buen corazón y además se identificaba con el desconocido, por lo que decidió entonces seguirle la corriente.

—En ningún momento me he burlado; por estos pueblos suelen aparecer cómicos y al decirme que buscaba a alguien que no tiene paradero fijo, he creído… En cuanto a lo del mecenas, tengo uno, mi hermano…

El caminante, que aún continuaba de pie, contemporizó.

—Persona desahogada habrá que suponerle.

—No tanto como él desearía, pues ha vivido siempre pobre por darme de comer, pero yo devolveré el dinero o entregaré el alma.

Se quedaron unos instantes en silencio, y después el desconocido, que había permanecido hasta el momento detrás del cuadro, se situó delante para contemplarlo.

—¡Pardiez, señor pintor, nunca vieran mis ojos colores tamaños en osadía como los expuestos! ¿Quién fue vuestro maestro?

Aquello sí que molestó al artista.

—Cada uno pinta como quiere —masculló ensombreciéndosele el rostro; no era cuestión de ponerse a discutir con otro loco, pero le hirió profundamente la observación. ¿Encontraría alguna vez a alguien que no criticase su pintura, a excepción, claro está, del joven Albert Aurier, quien por otra parte más que halagarle le incomodara con su verbo ampuloso?

El otro, pese a su aparente locura, se dio cuenta de que había cometido un error al decir irreflexivamente lo que pensaba.

—Disculpadme, os lo ruego, he pecado de necio e imprudente; puesto que bien decís, cada uno se expresa a través de su arte según Dios le dio a entender… Yo, como vos, pertenezco al mesmo gremio que tiene el patronazgo de las musas, pues soy escritor y sé lo que cuesta ganarse el pan nuestro de cada día con este oficio cuyo alimento más preciado es la lisonja, ¡y qué en verdad harto escasa resulta porque en ocasiones mayores son las críticas que no los plácemes ya que nunca lloviera a gusto de todos!

El pintor se apaciguó. ¡Con qué un escritor, otro infeliz muerto de hambre, al que la debilidad le había atacado la cabeza! Poco importaba que fuese un buen o mal autor, lo importante es que los dos estaban del mismo lado: angustia, miseria y, en ambos casos, locura.

¿Valía la pena tanto esfuerzo?; mientras estuvo en el manicomio llegó a pensar en irse a la legión en cuanto le dieran el alta, iniciar otra vida, no iba a ser la primera vez; hubo un tiempo en el que quiso ser sacerdote y le rechazaron, ahora era pintor, ¿y mañana, que sería mañana?

—¿Ha conseguido publicar algo? —preguntó mecánicamente.

El otro le contempló con cierta orgullosa altivez.

—En efeto, novelas, motivo de envidia y plagio alguna dellas.

El pintor no le preguntó por los títulos que suponía inexistentes. Sonrió con amabilidad pero distraído lo que le dio alas a su interlocutor para seguir hablando:

—Esta fuera razón por la que me eché a los caminos, no por el plagio, que ya quedó resuelto en su momento con mi ingeniosa venganza hacia quien lo perpetrara, sino por el personaje…

—¿El personaje?

—Sí, pues el personaje se me ha escapado. El pintor le miró confuso.

—Mi caballero de la triste figura se ha fugado del libro, trocando lo imaginario por realidad, y anda errante en el camino de aventura en aventura, siempre las mesmas porque las repite ya que de otro modelo carece, como el asno da vueltas en torno de la noria, sin principio ni fin, por toda la eternidad y la eternidad no conoce desenlace alguno mi señor pintor; no tenéis más que empezar a leer estos libros míos, primera y segunda parte, y en acabando, recomenzar la lectura, que eso lo hacen muchos y así el personaje resucita toda vez que la obra empieza a vivir bajo los ojos del ocioso lector.

—¿De quién habla usted buen hombre? —y el artista pensó: “creía estar muy loco, pero este individuo me gana”.

—¿De quién voy a hablaros?, de Don Quijote, mi criatura, que, como hijo mío que es —hijastro doy en pensar algunas veces—, se ha emancipado del hogar paterno, a la manera que todos lo hacemos cuando dejamos de ser niños, pero mi caballero nació crecido aunque en su demencia singular se haya vuelto joven para huir de mí…

—¿Y usted le busca?

—Sí, le busco para rogalle me permita ir en su compañía y la de Sancho el escudero, que si yo les di la vida, ellos me la han de devolver centuplicada en esa honra que otros les otorgan y de la que sólo yo soy merecedor.

—No entiendo —dijo el pintor frunciendo el ceño irritado.

—Pues sencillo es, ya que no esconde acertijo: nadie se acuerda de mi yéndose todo en cantar las alabanzas de mi criatura, que ella ha cobrado cuerpo y muchos hay que pudieren preguntarse si no es don Alonso Quijano quien escribiera la vida del Ingenioso autor Don Miguel de Cervantes Saavedra… ¿Sabéis de que va el portento?; la razón la habéis de buscar en que él vive y yo estoy muerto, en que él se nutre de mis talentos mientras mis huesos, que por bondad de la Venerable Orden Tercera, recibieran cristiana sepultura en una fosa común del convento de las Trinitarias Descalzas, dispersos, ya no existen puesto que en polvo se convirtieron… ¿Comprendéis ahora, mi señor pintor, comprendéis lo que deseo lograr?

Vincent van Gogh miró aterrado al hombre que decía ser aquel de cuya existencia sabía, y éste era manco como el otro… Le pareció que se contemplaba en un espejo; igual que al Quijote, a ese pobre sujeto se le había sorbido el seso, en su caso de tanto escribir, y ya no razonaba coherentemente, pero, ¿y él?, él tampoco, el alcohol le había destruido el cerebro, dañado de antiguo por la epilepsia hereditaria, esto, unido a la miseria, a la mal nutrición, y se había vuelto loco, pero no con la hermosa locura de Don Quijote, aunque él también, en una época de su vida, hubiera querido salvar al pequeño universo de su entorno, santificar el más mínimo de los actos como el de comer patatas por ejemplo, acoger a las prostitutas —Sorrow, la desdichada Sian, el infinito dolor del mundo, la mujer marcada—, y también le habían molido a palos… Vincent van Gogh sin escudero, o quizá sí, Théo, el pobre, querido y paciente Théo, su hermano, con quien se había peleado últimamente causándole esto más dolor que cualquier otra enfermedad…

¿Viviría él loco y moriría cuerdo a imagen y semejanza de Don Quijote, y aquel desgraciado al que le faltaba una mano, se creía por eso el manco de Lepanto? No es la muerte la que iguala a los hombres, es la locura. El pobre sueña con ser rico, el desairado que le aman, el feo que es hermoso, el enfermo que está sano, y en ese sueño inútil todos consumimos nuestra existencia.

—Yo —pensó Vincent—, sólo he vendido un cuadro en mi vida, Las viñas rojas, un cuadro como tal cuadro, no al ropavejero y a peso en paquetes de a diez, a razón de 50 céntimos hasta un franco cada paquete, todos lienzos míos que ese hombre volvió a vender a otros desdichados artistas para que los repintaran; la miseria llama a la miseria… Théo me ha prestado dinero siempre, me ha mantenido, y a cambio, ¿qué le he dado yo?, únicamente quebraderos de cabeza, a él y a su excelente esposa, mi infeliz cuñada… ¡Si algún día soy famoso, si algún día se venden mis cuadros a precio suficientemente elevado como para resarcir tanto gasto, tanto dinero tirado sin ningún beneficio, al menos podré devolverle a mi hermano cuanto en mí invirtió, y quizá un poco más, que las ventas pudieran crearle una pequeña renta de por vida!…

¡Pero no, ese día nunca llegará, nunca y mis cuadros acabarán en el almacén de un trapero, Los Girasoles, Los Lirios…, sin que nadie sepa apreciarlos, sin que nadie los contemple con admiración, sin que nadie haya pagado un céntimo por ellos ya que sólo valen la pintura con la que se les creo!… ¡Y Gauguin que en uno de sus disparatados rasgos de humor, soltó que mi retrato de madame Ginoux, La arlesiana, estaría un día en el Louvre!… ¡Absurdo, absurdo!… ¡Todo el esfuerzo perdido, días y noches de sufrimiento, todo perdido para siempre!… Fracasado una vez más… La miseria no acabará nunca… ¡Dentro de cien años, ¿quién podrá recordar que existió un pintor llamado Vincent van Gogh?, nadie, y ya seremos dos del mismo nombre olvidados, igual que si jamás hubiésemos nacido!…

—No estáis escuchándome.

La pausada voz del caminante le devolvió a la realidad.

—Le escucho, sí, pero pensaba al mismo tiempo.

—¿Y en que se iban las cavilaciones de vuesa merced?

—En mi vida, en lo que he hecho y en lo que no he conseguido hacer; he trabajado demasiado y no tengo nada, he amado y sólo he recibido el desprecio, se han burlado de mí, o me han dicho: ¡jamás, no, jamás!, eso dos mujeres diferentes, quise ser misionero, llevar la palabra del evangelio hasta el fondo de las minas y fracasé, soy pintor y sólo amaso miseria y por ello condeno a quienes me ayudan a conocerla también, vivo de prestado y no puedo pagar…

—¡Qué me vais a contar si esta canción me es harto conocida, mi señor pintor!; yo escribía para comer, como siempre trabajé en lo que se me ofrecía, sin importarme llegar a recaudar impuestos a las gentes miserables, escribí perseguido por el tiempo, con angustias y las deudas esperándome a la puerta de mi casa cual indeseado huésped… De mi casa, cuya honorabilidad viose en entredicho por las lenguas maledicientes y envidiosas que tenían en ese bellaco de Avellaneda su estandarte, sostenidas en pretendida razón a través de aquellas viles calumnias suyas acerca de que los maridos engañados se fortifican en el castillo de San Cervantes, ¡pues llegóseme a acusar desta suerte de que vivía de las mujeres de mi familia, mis hermanas, hijas y sobrina, complacientes en exceso con galantes protectores; las Cervantas, las llamaban, como aquel quien dijera barraganas!… ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!… ¿No es triste e injusto?… Porque aunque verdad hubiere en ello, de nadie fuera incumbencia más que nuestra… A vos no os han amado, a mí me han tildado de cornudo consentido… teniendo yo por ideal una Dulcinea que regalé a mi Don Quijote y a cuya imposibilidad de ser humana convertí en el ideal de un loco… ¿No creéis, mi señor pintor, que entrambas vidas muestran ciertos paralelismos?

—Pero usted llegó a vivir de lo que escribía…

—Sí, lo mesmo que el galeote rema para que le arrojen una escudilla al banco en donde permanece encadenado a perpetuidad; ese es su estipendio y tal fuera el mío con la desesperación de ver que no se me alcanzaba nunca a cubrir las necesidades imperiosas que reclama el mantener sin ahogo una familia… Sí, es cierto, conocí el renombre y la alabanza, dediqué mis obras al rey y a los duques y en la miseria abandoné este mundo no dejando otra herencia que la de un noble hidalgo que vivió las más grandes aventuras sin estar en sus cabales… Y ved ahí que él sigue gloriosamente la andadura que yo no conocí jamás, pues desde entonces cada cien años se le agasaja en el aniversario de su aparición, honrándosele en demasía hasta el punto de menguarse mi recuerdo suplantado por su presencia… Se comentan sus hechos, sus palabras, ¿y los míos, es que no existieron, acaso permanecerán empalidecidos siempre por hazañas inventadas, es que mi existencia no fue más importante al ser real?; en mi tierra sufrí persecuciones y cárcel, combatí en Lepanto, perdí aquesta mano, estuve preso y fui esclavo en Argel, pretendí huir, y cuatro fueron las ocasiones en que lo intenté, pues era capturado una y otra vez, y la historia de mi rescate podría llenar varios tomos… ¡Condición extraña la del autor que puede envidiar aquello que ha creado, y desear, cual nuevo Saturno, devorar a sus propios hijos para que éstos no le usurpen el trono, pues los grandes de la Tierra no tendrían empacho en sentar a su mesa a Don Quijote en tanto rehusarían hacello con don Miguel, un simple y mísero artesano escritor!…

Vincent le contempló con aquellos ojos que no miraban nada, pero que lo abrazaban todo y parecían perderse en el infinito, y su expresión se enturbió. Volvía a sentir la sensación del espejo y ese reflejo le aterraba al evocarle muchos recuerdos inquietantes, sus delirios, los doctores a los que él recordaba llamándoles siempre “señor”, señor Peyron, señor Rey, señor Gachet… La sala del hospital de Arles, el vestíbulo del manicomio de Saint-Remy, aquel cuadro de pesadilla con la Rueda de presos dando vueltas en círculo, figuras gris verdosas, amarillentas, desfilando sobre un fondo gris verdoso, amarillento, por siempre perdidas en su mundo sin salida —el asno tras la zanahoria—, huestes entre las que él, Vincent van Gogh se contaba sin estar presente, ¿o era su hermano fallecido a poco de nacer, el primer Vincent van Gogh, llevando una existencia de fantasma, espíritu sin cuerpo, alma en pena, un muerto que exigía vivir como el extraviado en el desierto anhela el agua?

Algo vino a nublarle la razón en esos momentos cruciales que cíclicamente se repetían cada tres meses después de una última crisis. No hacía mucho se había peleado desconsideradamente con su hermano y su cuñada, furioso por esa misma causa, y con anterioridad… Con anterioridad fue Gauguin, Gauguin retratándole como… Fue el propio Vincent quien pronunció las palabras después de contemplar largo rato su propia imagen pintando girasoles: soy yo, pero yo vuelto loco. Y al día siguiente, vigilia de Navidad, Van Gogh quiso apuñalar a Gauguin, pero no lo hizo mutilándose entonces la oreja que luego pretendería obsequiar a una prostituta.

Ahora se sentía igual: soy yo, pero yo vuelto loco.

Don Quijote era un personaje de ficción, un no nacido, y aquel hombre manco que deliraba disfrazado junto a su cuadro en el que los trigales amarillos chillaban bajo un cielo excesivamente azul, presagio de tormenta en el que volaban los cuervos…

Sus autores favoritos eran Balzac, Dickens, Shakespeare, siempre Shakespeare, ¿por qué tenía que atormentarle un loco no nacido de mujer, a través de la boca de otro loco que se creía un escritor desaparecido hacía siglos ya?

Apretó los párpados convulsivamente y la paleta y el pincel temblaron en sus manos, y fue aquel estremecimiento el que le devolvió el equilibrio, como si avanzando por una cuerda floja, repentinamente hubiese perdido el vértigo.

Abrió los ojos de nuevo, y el cuadro estaba allí con la pintura fresca invitándole a que lo concluyese.

La luz del sol le deslumbró al darle de lleno en las pupilas. Desorientado buscó al hombre manco y no lo halló, se incorporó entonces oteando en derredor con angustia,

¿dónde se había metido?

Nada, nadie, no había nadie. Le llamó:

—¡Don Miguel, don Miguel!

Ni siquiera el eco le devolvió su grito.

¿Por qué diablos le había dado semejante nombre?

Tuvo uno de sus arrebatos furiosos, ¿quién se estaba divirtiendo a su costa? Lleno de ira, arrojó al suelo paleta y pinceles, de un golpe se quitó el sombrero de paja, que rodó ligero empujado por la brisa, y, acto seguido hundía convulsivamente el rostro entre las manos; regresaban las alucinaciones, ¡estaba loco, irremisiblemente loco!

Arriba, los cuervos continuaban volando entre graznidos que parecían risotadas de burla.

“¡Nunca más, nunca más!”

Y mientras, por el camino que se abría entre los campos de trigo de Auvers, un hombre manco avanzaba con determinación, sin proyectar sombra alguna, bajo el sol vertical del medio día.

© 2005 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en mi libro El abrigo de Clark Gable y otros relatos

El árbol

A mamá

La ventana estaba en el tercer piso y daba a la calle.

Tres pisos y una caja de ahorros más abajo, un árbol extendía sobre la acera toda su prestancia hasta una altura de varios metros, y cuando llegaba la primavera, sus ramas, aparentemente secas, se cubrían de brotes, (primicia que devoraban los gorriones siempre hambrientos), para después eclosionar en un mundo de verdor, insólito en plena vía urbana.

En cualquier centro de población, de esta manera, puede tomarse el pulso a la Naturaleza, ya que frente a una ventana, o a tres o a cuatro o a cinco, todas ellas dispuestas en hilera vertical, permanece un árbol en su mínima eternidad callejera, aunque, tal vez un día, dictaminen en el Ayuntamiento que los árboles a ambos lados de la calzada marean al conductor y los corten, o bien opinen que los árboles son malsanos porque crían mosquitos y polillas, (?), o causan desconocidas alergias, o sus raíces pueden cuartear los cimientos de los edificios, y entonces vendrán los empleados municipales, creeremos que se trata de una poda de emergencia, y los aserrarán y nos quedaremos sin árboles y sin la bendición de sus hojas verdes.

El árbol del que hablamos formaba parte de la calle como cualquier otro vecino del barrio, y, añoso, balanceaba sus ramas al compás de la brisa. Tal era su quehacer, vivir, simplemente, y de la forma más discreta, aunque en ocasiones sorprendiese con regalos inesperados, como en aquel raro invierno en el cual nevó y sus ramas, entonces secas y obscuras, se volvieron blancas, y al helar durante la noche bajo una impresionante luna llena, a la mañana siguiente, las ramas se habían convertido en joyas. Parecía un milagro, y, por extensión, todos los árboles de la calle iguales. Era lo mismo que un cuento de Hadas.

Siempre que se presentaba el buen tiempo, este árbol, innominada especie urbana, amable poste de señalización para los canes, se convertía en el hogar transitorio de todas esas aves que vuelven con la primavera, (sin olvidar a los gorriones, inquilinos vitalicios). Entre tantas, quienes destacaban yendo de un lado para otro, eran las vocingleras urracas, magníficas en su envergadura de plumas blancas y negras, hasta el punto que los vecinos podían llegar a creer que se trataba de pájaros exóticos, venidos de Dios sabe dónde para llenar de fantasía sus monótonas existencias.

Las urracas hacían nido en algún impensable recoveco de los tejados, e invariablemente comadreaban por los árboles, agazapadas entre su fronda, mientras vigilaban con ojos rapaces el hueco negro de las ventanas a la espera de ver brillar en su interior algo metálico que despertara su atención.

Nuestro personaje, el árbol, sabía de las urracas y de sus costumbres poco recomendables, ya que, involuntariamente, les prestaba la complicidad de su enramada, sobre todo, frente a aquella ventana del tercer piso que él casi podía tocar con sus hojas arribando el estío.

La ventana, algunas veces, tenía una espectadora, una anciana a quien le agradaba mirar el árbol y también a las urracas, ya que de jovencita había criado una que apareció un buen día en su casa, extraviado el rumbo del primer vuelo. A la señora le gustaban los animales y las plantas y poseía eso que se llama “mano verde”, por tal motivo, sufría cada noche viendo como el árbol, “su” árbol, impregnado por la luz de las farolas y los neones de las tiendas, fingía un descanso que ella estaba cierta no debía ser completo, aunque, ¿quién sabe?, no resultaría tampoco extraño el que los árboles ciudadanos se hubiesen vuelto trasnochadores.

La anciana contemplaba el árbol y pensaba, y su mente, como un espejo, remedo del de la pequeña Alicia, le devolvía la imagen de otro completamente distinto con el que sentíase más identificada aun cuando su evocación la tornase un poco melancólica.

En un lugar que no existe, había un árbol fantástico en medio de un paisaje encantador y triste a la vez. El paisaje se encontraba en un tiempo que no es el nuestro y sólo con el pensamiento se podía acceder a él.

El árbol era blanco como el marfil, descarnado, sin hojas, tan pulido que semejaba una escultura.

Pero no daba miedo pues era hermoso, muy hermoso y en él se encerraba toda la sabiduría del mundo.

Era un trazo de luz sobre el paisaje y se hallaba enraizado en una estrecha franja de tierra que recordaba a la niebla mientras parecía flotar encima de las aguas de un lago sin márgenes.

El cielo era azul, más no con el azul del mediodía, sino con el del atardecer cuando se acerca a su ocaso, un azul muy suave, como de acuarela.

En ocasiones, una nube de mariposas alteraba con su presencia la quietud de la estampa rodeando por unos instantes al árbol. Le abrazaban e inmediatamente después, reemprendían el vuelo.

En ese lugar de paz en cuyo centro resplandecía el árbol blanco, tan viejo y tan sabio, reinaba el silencio, no existían la enfermedad, el dolor, ni la vejez, únicamente la armonía y un dulce estar de vuelta de todo, libre ya de impaciencia y deseos.

-“Es lo mismo que dormir, -reflexionaba la anciana- dormirse tranquila y no despertar nunca más.”

Y contemplaba con fijeza el árbol vivo, allí, alcanzando, casi, aquella ventana suya que se abría en un tercer piso.

© 2000 Estrella Cardona Gamio