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Escritores

Louise May Alcott

Coincidiendo con que en Argentina se ha publicado ahora la novela Mujercitas en su versión original, sin recortes, aprovecho para ilustraros con la biografía de su autora que escribí en el año 2004.

Louise May Alcott vino a este mundo el 29 de noviembre de 1832 en Germantown, Philadelphia, segundogénita de las cuatro hijas que tuvo el matrimonio formado por Bronson y Abigail Alcott.

Louise residió poco tiempo en su lugar natal ya que a muy temprana edad toda la familia se trasladó primero a Boston, y luego a Concord, dos puntos en donde la futura escritora viviría a lo largo de su existencia con escasas salidas al exterior.

El ambiente familiar pesó en ella de una manera aplastante condicionando su vida y su obra posteriormente; para empezar fue educada por su padre que pertenecía a la congregación de la Nueva Inglaterra Trascendentalista, y, además era una persona por completo desvinculada de las necesidades materiales de la existencia, es decir un utópico soñador, aunque en su momento, llegó a tener cierto renombre como filósofo y educador, tal vez al rodearse de quienes lo eran verdaderamente como Thoreau y Emerson.

Louise May Alcott comenzó a escribir a muy temprana edad, iniciándose con su diario; Goethe y las hermanas Brontë serían posteriormente sus guías literarios.

Su primera obra, publicada a los 22 años, fue un librito de cuentos, dedicado a la hija de Ralph Waldo Emerson, Ellen.

El hecho de que su padre fuese un eterno soñador, la impulsó a tomar las riendas del hogar junto con su madre, después del fiasco del último negocio del señor Alcott.

Por aquellas fechas regresaron de nuevo a Boston, y Louise trabajó como sirvienta, como profesora y en cuanto le salió que pudiera aportar ingresos a su familia, experiencias que más tarde plasmaría en otro libro, 1873, pero antes ya había empezado su colaboración en publicaciones impresas.

Al estallar la famosa Guerra de Secesión americana fue enfermera voluntaria en un hospital de Georgetown, contrayendo más tarde las fiebres tifoideas de las que se resentiría el resto de su vida.

Tales vivencias la llevarían a escribir sobre lo que vio, que no era precisamente almibarado, en una colección de cartas a su familia, que, bajo el título Apuntes del hospital, llegarían a verse editadas.

Su primera novela se publicó en 1867, pero un año antes había escrito un cuento, Larga y fatal persecución del amor, que si bien saldría en una revista, no publicaríase en un libro hasta… ¡1995!

Finalmente surgió Mujercitas, que paralela a su argumento es casi la autobiografía de Louise, al tener un comienzo marcado por su padre quien prácticamente, la obligó a escribirlo ante la sugerencia de un editor amigo, quien suponía que una “historia de muchachas”, podría ser del agrado de los lectores.

Al respecto se cuentan muchas anécdotas, como por ejemplo que su padre quiso que mostrase la historia de una ejemplar familia americana, eso por un lado, por otro, que la penuria económica la forzó hacerlo aunque no tenía ninguna fe en lo que estaba escribiendo, que para ello se basó en sus recuerdos de infancia y adolescencia, que la novela fue mutilada por sus editores hasta convertirla en la edulcorada versión que todos hemos leído, que no obstante escribirla muy en contra de su voluntad se hallaba destinada a obtener un éxito clamoroso entonces…, y que continúa ahora.

Mujercitas fue el best seller de la época y el editor Thomas Niles, un avispado hombre de negocios, le propuso una segunda parte que se titularía Aquellas mujercitas, y aún hubieron más secuelas, entre ellas Hombrecitos y etc.

Se ha dicho que Jo es el retrato de su autora, plenamente identificado con ella menos en el matrimonio; Jo se casa pero no así Louise, de quien se ignoran amores al hallarse dedicada a la literatura juvenil y a su familia, a los que atendió hasta el final; la muerte de su madre, años antes que la de su progenitor, la marcó hondamente, y a esto hay que añadir el hecho de que su hermana pequeña May falleciese también dejándola al cuidado de su hijita..

Sin embargo, existió una segunda Louise May Alcott, que, como Jo, escribió con seudónimo, en su caso el de M.A. Barnard, toda una colección de historias, novelas y relatos en los cuales el adulterio, el incesto y las más intensas pasiones tenían cabida, no faltando truculencia y folletín en ellas.

Esta otra Louise May Alcott nada tenía que ver con la controlada y “políticamente correcta” autora a la fuerza, de Mujercitas, y así llegó hasta el final de sus días, escindida en dos personalidades muy diferentes, dándose la curiosa circunstancia de que la novelista murió en el mes de junio de 1888, el día en que Bronson Alcott recibió sepultura.

De lo que no cabe ninguna duda es que la criticada Mujercitas, criticada en su versión de censura, ha dado impulso y ánimo a muchas escritoras en ciernes que luego devinieron conocidas, como, por ejemplo, Simone de Beauvoir entre otras.

Louise May Alcott escribió 300 libros, unos con seudónimo, otros con su nombre, y también dos obras suyas de singular contenido Un moderno Mefistófeles y Un susurro en la oscuridad, serían publicadas póstumamente.

Dada la temática de muchas de sus novelas en las que se menciona un amor seductor y fatal, casi perverso, cabría preguntarse hasta que punto Louise May Alcott desconoció la pasión amorosa.

© 2004 Estrella Cardona Gamio

 

Biografía publicada en ccgediciones.com

Dos genios de la literatura

Conmemorando el 400 aniversario del fallecimiento de los ilustres autores, Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra, fue de origen gallego, naciendo en Alcalá de Henares hijo de Rodrigo Cervantes y de Leonor de Cortinas, se supone que el 29 de septiembre del año 1547 —porque era y a veces aún es costumbre, imponer el santo del día al recién nacido—, bautizándosele el 9 de octubre del mismo año en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares.

De buena familia, su abuelo paterno era licenciado y abogado de la Inquisición, el pequeño Miguel a la edad de cuatro años cambió de residencia junto con sus padres y hermanos, ya que todos se trasladaron a Valladolid en donde les fue tan mal, con el encarcelamiento del padre por deudas, que vivieron posteriormente en Córdoba y Sevilla hasta que, en 1566, se aposentaron en Madrid.

En Madrid, Cervantes cursó estudios que todavía en la actualidad se ignora si fueron universitarios, lo que se sabe, es que tuvo por profesor al catedrático de gramática Juan López de Hoyos.

Pero no todo era cultura en la vida de Cervantes, ya que en 1569 se le quiso prender por orden real acusado de un duelo contra un cortesano distinguido, condenándosele por dicho encuentro, a que se le fuese cercenada la mano derecha y al destierro. Sentencia que afortunadamente no se cumplió ya que Cervantes se hallaba en Roma por aquellas fechas, precisamente en busca de protectores a causa del lance.

Solventado este peliagudo asunto, Cervantes se enrola, el año 1571, en el ejército y más tarde lo hace en la armada en una de las galeras que manda el marqués de Santa Cruz.

La batalla de Lepanto tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 y en ella ya es sabido que participó Miguel de Cervantes con un gran heroísmo pues hallándose enfermo con fiebre, desestimó el consejo de no pelear prefiriendo entrar en combate y morir gloriosamente, a quedarse a salvo bajo cubierta de la nave Marquesa.

De resultas de su intervención en la contienda fue herido en el pecho de un arcabuzazo y en la mano izquierda, premiado su arrojo, por don Juan de Austria, con un incremento en su soldada —para ser sinceros, mínimo.

De resultas de esta batalla, Cervantes quedó con su mano inutilizada de por vida aunque no la perdiera como afirma la leyenda. No obstante continuó con su existencia de marino castrense y regresaba a España el 26 de septiembre de 1575, cuando, próximo a las costas catalanas cayó preso, junto con su hermano Rodrigo que también era soldado, de un temible corsario, jefe de una flotilla turca.

En el mercado de Argel, Cervantes fue vendido en calidad de esclavo a otro corsario, permaneciendo prisionero en esas tierras durante cinco años.

En enero de 1576, Miguel de Cervantes y otros cautivos entre los que estaba su hermano, realizan un intento de fuga fallido.

Sus padres intentan rescatarlos empeñándose con usureros, sin embargo, lo único que consiguen reunir sólo basta para uno y Cervantes renuncia a su libertad por la de su hermano. Pero entre ambos habían ideado ya un plan que permitiría escapar posteriormente a Miguel y a catorce o quince cautivos más.

Nuevamente falla el proyecto y Cervantes es otra vez recluido en prisión.

En marzo de 1578 intenta de otra vez escapar, con los mismos resultados y en mayo de 1580 tiene lugar el cuarto y último intento de huída frustrado.

Finalmente es obtenido su rescate el 19 de septiembre de 1580, gracias a la intervención de los frailes trinitarios recolectando éstos, de los mercaderes cristianos, el dinero necesario que les faltaba; se pedían 500 escudos por Cervantes y su familia sólo había podido reunir 300.

Regresó, pues, Cervantes a España ya con 33 años, llegando a Madrid en donde el panorama familiar no podía ser más desolador: su padre anciano y sordo y la familia prácticamente arruinada a causa del rescate de los dos hermanos, conque marchó a Portugal en mayo de 1581 en donde estaba la corte española y se le encomendó una misión en Orán.

Después de esto, Miguel intenta por todos los medios conseguir un destino en América, que no obtiene al no haber vacantes, o al menos esa es la excusa que se le da.

En febrero de 1582 comienza a escribir la novela pastoril La Galatea. De 1582 a 1583 tiene amores con una mujer casada y una hija con ella de nombre Isabel de Saavedra.

En 1584 entra en contacto con un editor de la época, conocido como mercader de libros, Blas de Robles, que por 1336 reales imprime La Galatea, y ese mismo año contrae matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios que reside en Esquivias.

En 1585 ve publicada La Galatea y desde este año hasta 1605 que es cuando Juan de la Cuesta imprime en Madrid, Don Quijote de la Mancha, malviven Miguel de Cervantes y su familia entre los variados, y no muy afortunados, trabajos de éste, que en un par de ocasiones le llevaron a la cárcel, y no por delito propio ya que finalmente resplandeció su inocencia.

En aquella época viajó bastante, primero por Andalucía y luego fijando su residencia en Sevilla y más tarde en Valladolid.

El Quijote, contra todo pronóstico, tuvo un gran éxito convirtiéndose en el best-séller del momento, hasta el punto que en las fiestas que se celebraron en Valladolid en honor del recién nacido príncipe que luego sería Felipe IV, se representaron entremeses en los que salían don Quijote y Sancho.

Trasladándose la corte en 1606 a Madrid, Cervantes la sigue, escoltado por su familia —todo mujeres entre esposa, hermanas, sobrina e hija natural, recogida por él al quedar huérfana de madre.

En estos años madrileños se casa su hija Isabel, le hace abuelo, enviuda, vuelve a contraer nupcias, y mueren dos hermanas del escritor.

En 1610, de junio a septiembre, se traslada él solo a Barcelona para conseguir integrarse en la corte del virrey de Nápoles, el conde de Lemos, en donde eran muy apreciados los escritores, pero se le hicieron promesas que luego no se concretaron.

Cervantes sigue escribiendo y ahí tenemos entre 1613 y 1617 sus Novelas Ejemplares, Viaje al Parnaso, la parte segunda del Quijote —motivada por el apócrifo Quijote de Avellaneda—, Comedias y entremeses y su obra póstuma —hay quien asegura que mucho mejor que Don Quijote—, Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Enfermo de muerte, pero con gran lucidez mental, aún dedica Los trabajos… al conde de Lemos, y concluye el prólogo del mismo libro.

Y el año 1616, el 22 de abril, fallece Miguel de Cervantes, confortado por su esposa y una sobrina, después de larga y azarosa existencia.

(A señalar una curiosa anécdota que llena de confusión la fecha del óbito de Cervantes, al incurrirse en el error de creer que falleció el 23, fecha ésta en la que se afirma que murió William Shackespeare —porque también se dice que lo hizo el 24—. Lo singular del caso es que, día más arriba, día más abajo, ambos ilustres autores dejaron este mundo el mismo mes y año).

Miguel de Cervantes Saavedra murió en la más absoluta pobreza, y de su entierro, amortajado el cuerpo con hábito franciscano, fue responsable la Venerable Orden Tercera, enterrándoselo en el Convento de las Trinitarias Descalzas.

De Don Quijote de la Mancha se han realizado numerosas traducciones desde su primera publicación, eso ya es sabido, traducciones en todos los idiomas pero la que en el momento de escribir estas líneas —septiembre del 2002—, podríamos decir que es la última, pertenece a Josep Maria Casasayas, abogado mallorquín, que a lo largo de cuarenta años ha estado traduciendo el Quijote al catalán mallorquín y sus diversos dialectos, variando también el escenario de la Mancha por las islas Baleares, lo que no ha sufrido transformación, como es lógico, es el argumento ni los nombres de los personajes.

Hazaña quijotesca en verdad y muy digna de alabanza, que ya requería se cristalizara en la traducción íntegra al catalán de esta obra universal, con cuyo comienzo cerramos la presente mini biografía:

“A un llogaret de la Manxa, del nom del qual no vui recordar-me, no hi fa gaire que hi vivia un cavaller d’aquells de llança a la llancera, darga del temps del avis, cavall magre i cussa eivissenca. L’olla més plena de vaca que de mè, carn picada quasi cada vespre, greixonera de peu de porc els dissabtes, llenties els divendres…”

© 2002 Estrella Cardona Gamio

 

William Shakespeare

William Shakespeare nació el 23 de abril de 1564 en Stratford-upon-Avon, Inglaterra, siendo el tercer hijo de los ocho que tuvieron sus padres Mary y John.

De Shakespeare, dado que de siempre se ha tenido por norma envolver su existencia en las brumas del misterio (desde llegar a decirse que tal nombre era el seudónimo de otros a soltar el disparate de que en realidad se llamaba Guillermo Sánchez Pérez y era, lógicamente, de origen español, disparate al que ha venido a unirse el último, que adjudica a Shakespeare la nacionalidad italiana), de ese genial bardo del Avon, del cual nos confesamos impenitentes admiradoras, se sabe lo suficiente, además, existen retratos en los que el parecido continúa a través de los años confirmando el hecho de su existencia en una Inglaterra Isabelina en la cual vino a este mundo.

Shakespeare tuvo una infancia a la que no podemos llamar infeliz precisamente, ya que su padre, comerciante, era persona acomodada, y así el niño William pudo ir a la escuela estudiando latín y a los clásicos.

Enseñanzas que le impulsarían a escribir versos y, mucho más tarde, obras teatrales, aunque antes tenían que acontecer otros hechos en su vida, bastante decisivos para él, por ejemplo, el contraer matrimonio muy joven, a los 18 años, con una mujer de 26 que iba para solterona, Anne Hathaway, y con la cual tuvo tres hijos.

Arribados a este punto hemos de puntualizar que si Shakespeare se casó, siendo menor de edad, lo hizo ya que había dejado embarazada a su novia, y en un delicado momento familiar puesto que a su padre le empezaban a ir mal los asuntos.

Lo que significa que semejante boda escasa dicha tuvo que darle a su progenitor, de quien William era dependiente económico al colaborar en el negocio paterno, una guantería, ya que el joven aportaba nuera y futuro nieto al clan familiar, ahora en precaria situación.

A los seis meses, nace su hija Susana y dos años más tarde, Anne da a luz a los gemelos Hamnet y Judith.

Pero a Shakespeare no le atrae demasiado la vida hogareña, y un buen día, nada venturoso para quienes deja atrás, el futuro autor teatral se marcha a Londres dispuesto a hacer fortuna como escritor.

Se ha dicho también de William Shakespeare que era homosexual, tal vez ello tuviese que ver con su abandono repentino de mujer e hijos, tomando por excusa una carrera literaria incomprendida; sin meternos en este aspecto de su personalidad ya que no es de nuestra incumbencia, podríamos suponer que el dramaturgo en ciernes sentíase ahogado por una existencia monótona y aburrida que fue la que le hizo despegar del pueblo a la gran ciudad de entonces que era Londres, sin lugar a dudas, la capital del mundo de su época, ya que Gran Bretaña se estaba haciendo con una supremacía que hasta muy poco tiempo había ostentado el imperio español.

En la capital inglesa, Shakespeare entra a trabajar como actor en una compóañía teatral llamada de la Reina, ya que ésta protegía las artes, tanto para ganarse el sustento como para aprender, desde dentro, el oficio, y durante varios años trabaja incansable actuando y escribiendo, hasta que finalmente comienza a despuntar y a ser conocido.

En 1592, se declara una terrible epidemia de peste en Londres y se cierran los teatros. Durante dos años, entonces, mal vive, en plan escénico, como todos, pero escribe, entre otras, La comedia de las equivocaciones y Trabajos de amor perdidos, asimismo regresa al campo, esporádicamente, con su esposa e hijos y demás familia, aunque esto no significa que no hubiese tenido relación con ellos en cinco años.

Vuelve, ayuda a su padre que de nuevo se halla apurado económicamente, ya que él es ahora un autor cotizado, y se busca mecenas en la figura del conde de Southampton, lo que más tarde dará lugar a entredichos y especulaciones sobre la relación que les unió, cuando que en aquella época el mecenazgo constituía una necesidad obligada si se quería sobrevivir en el ambiente artístico.

Después de la peste, corrieron malos tiempos para las compañías teatrales, se hundieron bastantes arruinadas siendo la de la Reina una de ellas, y entre las que no desaparecieron, estaba la del Chambelán, así llamada por patrocinarla lord Hunsdon, camarlengo mayor de la corte y el encargado de los asuntos teatrales; huelga decir que Shakespeare ingresó en esta compañía.

A los 30 años, pues, William Shakespeare se encuentra a punto de dar por concluida la primera etapa de su carrera, iniciando la segunda que iba a estar jalonada de obras inmortales: Romeo y Julieta, Ricardo II, El sueño de una noche de Verano, El mercader de Venecia y un larguísimo y brillante etc., de todos más que sabido.

Al éxito acompaña la prosperidad y en 1597, se compra una casa, New Place en su pueblo natal, pero en su vida familiar atraviesa unos momentos ingratos: muere su único hijo varón, Hamnet, a los 9 años de edad, cinco más tarde, su padre y más o menos en aquella época, la revolución encabezada por el conde de Essex contra la reina, enreda de forma indirecta a la Compañía del Chambelán, que finalmente se ve absuelta de los cargos, ya que se prueba su inocencia.

En 1603 sube al trono Jacobo I tras la muerte de la Reina Virgen, y la Compañía del Chambelán cambia su nombre por el de los Hombres del Rey.

Colmado de honores, respetado y aclamado, William Shakespeare, ve discurrir su vida hasta el final: casa a su hija Susana, resulta inmune a otra epidemia de peste, la del año 1609, y en 1616, habiendo casado en febrero a su otra hija Judith, fallece Shakespeare en Stratford-upon-Avon, a los 52 años de edad al parecer de unas fiebres, según unos, según otros de una pulmonía, y, o el mismo día de su cumpleaños, o al siguiente.

Anne Hathaway, la viuda, le sobrevivió.

No podemos asegurar que William Shakespeare fuese un marido modelo, pero tampoco que se despreocupara de su familia yendo de tanto en tanto a verles. En realidad, solo permaneció alejado de ellos el tiempo que duraron sus primeros años en la capital trabajando como actor y autor teatral, pero después, cuando comienza a convertirse en un dramaturgo famoso, vuelve la espalda a Londres, y es en Stratford-upon-Avon en donde reside hasta el final de su existencia.

© 2000 Estrella Cardona Gamio

 

Ambas biografías publicadas en ccgediciones.com

Dos clases de escritores

Sí, existen dos clases de escritores aunque no lo parezca.

El escritor vocacional que “escribe porque si no lo hace se muere”, en palabras de Mario Muchnik, y el comercial que escribe sólo para ganar dinero.

La diferencia es evidente, el primero escribirá toda la vida aunque no publique, o publique pero sin éxito, y el segundo escribirá siempre orientado cerebralmente a escribir de manera comercial con la intención de ganar dinero. Hace tempo pude oírle decir a Ken Follet, que a él le importaba muy poco pasar a la posteridad literaria, que lo que él quería era tener éxito y ganar dinero mientras viviera, lo demás no le importaba.

Confesión pública muy atrevida pero también muy sincera por lo que no debemos censurarle pues su franqueza evidencia que es un hombre honesto y no engaña a nadie con hipócritas diplomacias. Pero sus imitadores, que son legión, suelen fingir un amor por la literatura que están muy lejos de sentir, y el precedente, bastardeado, cobra así una dudosa carta de legitimidad en sus “herederos” que acostumbran tener un sector de público amplio, lo que nos lleva a otras especulaciones y éstas mucho más lamentables, o sea a descubrir que un gran sector de lectores quieren cantidad y no son exigentes respecto a calidad, lo cual implica una cultura literaria o muy escasa o bien nula. Yo les llamo devoradores de libros que no digieren; son aquellos que se entregan gozosamente a competiciones tales como “en tres meses me he leído 50 libros” con el desconcertante resultado de liarse a la hora de ubicar si el capítulo 4 de ”Fiebre de amar” corresponde a esta novela denominada rosa o a “Cadáver sin nombre”.

Público, por otra parte, que abunda para satisfacción de algunos editores que mantienen el curioso concepto de que los libros se venden a peso como las patatas.

Para ser un escritor comercial hay que tener calidad si se quiere estar entre los primeros, calidad, cultura, y fluidez. a la hora de novelar.

Edgar Allan Poe

En cuanto al sector de los escritores vocacionales, los románticos del empeño, Poe el primero y más significativo como su representante, nos lo demuestra ampliamente con toda su obra que va indisolublemente unida a una vida desdichada y económicamente miserable con un único ingreso debido a su trabajo literario, el cobro de 50 dólares por el poema El Cuervo.

Otro ejemplo lo tenemos en Herman Melville, autor del ya clásico Moby Dick, del que se vendieron sólo 17 ejemplares y al que la crítica no trató muy bien que digamos, hasta el punto de que ello le causó una depresión tan fuerte, que renunció a sus sueños reintegrándose al aburrido trabajo de funcionario con el que mantenía a su familia, lo que no le impidió escribir relatos que en vida suya jamás publicó.

El otro ejemplo que mencionaré es el de Emily Dickinson, excelente poetisa que murió sin saber que en el futuro, gracias a los buenos oficios de una sobrina, se convertiría en la poetisa más famosa de Norteamérica.

¿Ejemplos descorazonadores?, reales simplemente.

Y ya para concluir diré que me gustaría saber, en virtud de que raro milagro, los buenos escritores contemporáneos que ven publicadas sus obras con éxito y reconocimiento, cómo consiguieron dar ese paso tan importante y difícil que significa ser aceptado por un editor.

(Se advierte que cualquier parecido con los títulos de las dos novelas ficticias que se mencionan en el presente artículo, serían pura coincidencia y no copia.)

Imagen: Edgar Allan Poe
Daguerrotipo  por W.S. Hartshorn 1848. Copyright © 1904 C.T. Tatman


Sobre encuestas y escritor@s

He terminado de leer hace poco La palabra se hizo carne de Donna Leon, una escritora nacida en Norteamérica pero hija de padres españoles, y que escribe sus novelas policíacas en Venecia para una editorial alemana.

donnaleonDescubrí a Donna Leon hace unos años y quedé fascinada con la personalidad de su comisario Guido Brunetti, de todos los investigadores que llevo leídos, el más entrañable. Bien, pues a Donna Leon la denominan la mejor autora de novela negra europea, y eso lo dice The Chicago Tribune. Al margen de nacionalidades, Donna Leon es una excelente escritora que sabe conjugar el suspense con la vida cotidiana de su personaje, un bonachón padre de familia con hijos en la edad difícil y una esposa profesora de literatura que, además, tiene tiempo para cocinar.

Las novelas de Donna Leon se caracterizan por su denuncia social en este corrupto mundo nuestro, en el cual Venecia parece ser un microcosmos. La novelista es una mujer valiente a la hora de convertir sus denuncias en literatura y te llega a lo más hondo con los casos que relata, nada exótico ni misterioso ya que desgraciadamente la prensa se encarga a diario de ilustrarnos con sucesos similares y muy reales, pero no es la única; en los últimos años del siglo pasado ya empezó a insinuarse el nuevo derrotero de la novelística policíaca. Los asesinos dejaron de ser personas corrientes y sus móviles la venganza, los celos, estando situada la codicia, causa eterna, en un segundo o tercer lugar. Tomaron el testigo los psicópatas en todas sus variantes, y ahora son los casos de corrupción los que animan el escenario, a juzgar por el éxito de Mankell, Stieg Larssson… y Donna Leon, claro.

Recientemente he tenido ocasión de leer una bien documentada encuesta de Marta Querol, en la que se trataba el tema, ya antiguo, sobre si las escritoras, lógicamente mujeres, son novelistas inferiores a sus colegas hombres, a la hora de escribir obras policíacas.

Si repasamos la historia del crimen literario encontramos que una mayoría. muy apreciable, y de categoría internacional, es femenina, empezando por Ágatha Christie (a la que, por cierto no cesan de minimizar muchos qué más quisieran parecérsele), y llegando hasta Donna Leon que comparte fama con toda esa corte de excelentes autoras nórdicas repartidas entre Suecia, Noruega y Dinamarca, reinas del crimen con todos sus merecimientos.

Contra el machista prejuicio de que la mujer, ser inferior por naturaleza, no sabe escribir thrillers y sí sólo ñoñerías románticas, os cito solamente a Ása Larsson que no regatea hemoglobina a la hora de escribir. Que los escritores olviden a estas autoras cuando elaboran sus rankings, no me extraña en absoluto, la competencia nunca interesa. Una competencia que en el pasado obligó a muchas escritoras a usar nombres masculinos para pasar desapercibidas, otro ejemplo, George Eliot seudónimo de la novelista inglesa Mary Ann Evans.

(Yo publiqué una novela, La otra vida de T. Loure, cuyo argumento se basa en esa discriminación: época los años 50 del pasado siglo en España. Teresa Loure es una escritora a quien gustándole escribir novelas del Oeste, tiene que adoptar un seudónimo masculino y fingir que su autor es un hermano inexistente porque no está bien visto que una mujer desarrolle esa clase de argumentos, netamente masculinos).

Las mujeres podemos ser, novelísticamente hablando, mucho más violentas y salvajes que los hombres a la hora de escribir, dos ejemplos, los Cuentos Góticos de Elizabeth Gaskell, y Cumbres Borrascosas de Emily Brönte de la que comentó The Examiner en su momento:

“(…) salvaje inconexa e improbable… los personajes que componen la obra, bastante trágica en sus consecuencias, son primitivos, más brutos que los que vivían antes de los tiempos de Homero”.

Y no nos olvidemos de Mary Shelley, cuya fama ha superado a la de un marido poeta, Percival Shelley, con su nada acaramelado Frankentein.

Los hombres y las mujeres somos iguales pese a quien pese, la diferencia consiste en que el hombre es más fuerte físicamente, y fisiológicamente distinto, eso es innegable, pero por lo demás, tenemos las mismas necesidades, las mismas virtudes y los mismos defectos, no en balde los hemos heredado de nuestros padres y de nuestras madres.

Y ahora quiero hacer una puntualización que supongo gustará a muy pocos: la mejor novela romántica de los últimos años, una obra llena de sensibilidad, delicadeza y buen gusto, fue escrita por un hombre Los puentes de Madison County, autor Robert James Waller. No pretendo decir con esto que Waller sea superior a las mujeres escritoras, solamente resaltar que si un hombre puede escribir este tipo de novelas, una mujer puede hacer lo mismo incursionando en el terreno literario masculino.

Y por lo que hace a la encuesta que realizó Marta Querol, no pongo en duda su veracidad, pero desde que estoy en Internet he leído muchas y los resultados invariablemente oscilan; en unas se decía que las mujeres leían más que los hombres y viceversa en otras. Siempre son muy relativas y desde luego la discusión es interminable, puede serlo, porque nadie se pone nunca de acuerdo, ya que el ego masculino no admite rivales.

Enlaces relacionados: 

La palabra se hizo carne 

Marta Querol 

La otra vida de T. Loure