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Ecología

Contaminación atmosférica

Acabo de darme un paseo por Google una visita virtual a las ciudades más contaminadas del mundo y ha sido peor que ver una película de miedo, porque esto, desgraciadamente, es real. Ciudades sin sol sumergidas en una neblina espesa y por lo visto, irrespirable ya que sus ciudadanos llevan tapabocas y se atreven a ir por la calle. CIUDADES MASIFICADAS AL MÁXIMO ya que en ellas abundan los edificios, colmenas humanas que crecen y crecen de manera monstruosa para albergar a humanos sin futuro ya que enfermarán y morirán de manera prematura. Visto lo visto no me extraña que en el mundo haya tantas enfermedades raras.

Y también me asombro de que los gobiernos no pongan freno a esta contaminación progresiva en su afán por construir y construir cubriendo la superficie de la Tierra de edificios y más edificios en detrimento de los bosques que son talados sin compasión, los bosques que han sido, y ya empiezan a no ser, los pulmones del planeta, la fiebre del ladrillo es una fiebre demencial que a la larga pagaremos todos y no con dinero precisamente.

Hasta los países que antaño nos seducían por sus exóticos paisajes, han perdido ese exotismo convirtiéndose en quilómetros de edificios que envuelve la polución atmosférica generada por las chimeneas industriales y por el tránsito automovilístico, eso por no hablar ya de la contaminación acústica.

Ruido, masificación, y tala indiscriminada de árboles, cuya madera se vende porque ese negocio es siempre rentable. Resultados, un mundo sin árboles que se ahogará en su propia neblina gris llena de partículas nocivas en suspensión, o sea el mundo de ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS? (para los que leen poco, la película BLADE RUNNER).

Un mundo sin sol, contaminado y repugnante, el mundo que nosotros mismos estamos fabricando.

Estrella Cardona Gamio

Los bosques de Chernóbil

Bosque de Chernóbil – Fuente de la imagen: Proyecto Tree

Esta historia que voy a contar más parece un cuento fantástico, o de ciencia-ficción, que realidad, pero es cierta mal que les pese a muchos y evidencia la verdad que se esconde en aquella frase tan conocida, para muchos a través del cine: “la vida se abre camino”, me refiero a PARQUE JURÁSICO.

La vida se abre camino en cualquier sitio, hasta en Chernóbil. A pesar de la radioactividad, los bosques no murieron, siguieron viviendo, lógicamente no inmediatos al núcleo infeccioso, sino un poco más lejos, aunque las distancias nunca son obstáculo para que se expanda la radioactividad. El caso es que los bosques también se contaminaron, pero lo desconcertante es que no murieran, nada vegetal se secó, y pasado un tiempo volvieron los pájaros y más tarde llegaron los jabalíes porque la comida abundaba, y en la abundancia creció la natalidad y entonces… Entonces se sumaron caballos, ciervos, linces, osos, apareciendo también los lobos porque aquellos bosques se habían convertido en un maravilloso coto de caza y no era cuestión de desaprovecharlo. Pues bien. Los animales volvieron, no así las personas para quienes esos bosques eran tabú, un tabú destinado a subsistir por el miedo.

Tal es la historia totalmente real por muy inverosímil que resulte, yo me enteré hace tiempo y debo reconocer que no me lo creía, pero la noticia era cierta, hay documentos gráficos.

Y ahora viene la esperada pregunta que todos nos  hacemos, ¿por qué no se murieron los árboles, pueden resistir la radioactividad sin secarse o deformarse monstruosamente? No lo sé, pero lo cierto es que los árboles siguieron con su existencia, y las plantas y las hierbas también y luego los mamíferos herbívoros, y también los omnívoros, vinieron y no murieron y más tarde llegaron los lobos a cazar sin ningún miedo dado que los humanos no se atrevían a entrar en los bosques, ya que incluso habían huido de sus ciudades dejándolas vacías.

Si no hubieran habido bosques en Chernóbil ese raro milagro no hubiera podido tener lugar.

Estrella Cardona Gamio

Bosque de Chernóbil – Fuente de la imagen: Proyecto Tree

 

 

Mi pequeña historia

Ardilla en el bosque de Volpelleres. Foto, gentileza de Volpelleres Viu

Mi amor por la ecología comenzó en la adolescencia cuando mi familia se trasladó a vivir de Barcelona a Sant Cugat, y de eso han transcurrido muchas lunas. Viví hasta los 25 años en el bosque y aprendí a sentirlo como ser vivo que era, pero mi concienciación ecológica vino cuando empezó la amenaza del agujero en la capa de ozono, por cierto tomada con bastante indiferencia por la gente. Por acusar a alguien se acusó a los aerosoles y en casa suspendimos su utilización, ese fue mi bautismo.

Desde entonces siempre he luchado por el medio ambiente al estilo de David contra Goliat, o sea, en inferioridad de condiciones, pero lo he hecho y lo sigo haciendo. He escrito en prensa, concretamente en El Cerdanyola en cuya ciudad tuve un programa de radio propio, dirigido y presentado por mí, que se titulaba El Tercer Planeta y entre cuyas entrevistas pude llevar a un miembro de Greenpeace, cuando entonces eran asequibles. Y siempre que he tenido ocasión he alzado mi voz en defensa de la Naturaleza, con la fauna incluida.

Como soy novelista, en mi sección de cuentos infantiles siempre he procurado dar un mensaje tanto ecologista como animalista, para que los niños tomen conciencia de la Naturaleza y aprendan a amarla, y también amen a los animalitos que no son juguetes ni cosas.

Y en ello continúo…

Como anécdota para finalizar, contaré que la primera vez que vine a Sant Cugat, ya para vivir, al bajar del tren, me sorprendió la limpieza del aire, diciéndole a mi padre que era un “aire raro”, y él me dijo entonces, sonriendo divertido: es aire puro, hija mía, aire sano de los bosques.

Estrella Cardona Gamio

22 de abril, Día de la Tierra

La representación en Mandala de la Madre Tierra. Cortesía de Leonor Bravo

Hoy es el Día de la Tierra en una conmemoración, que viene siendo anual, y que nos recuerda a todos que vivimos en un planeta al que hay que respetar y cuidar como hacían nuestros antepasados más remotos, cuando la evolución no era retroceso y a la Tierra se la consideraba un ser vivo, la Madre Gaia.

Por ello os obsequio con un fragmento de una de las seis historias que aparecen en mi libro infantil EL ABUELO QUE NO SABÍA EXPLICAR CUENTOS, La leyenda de Hermanita Pequeña.

«Hace muchos años, cuando nadie sabía que la Tierra era redonda, vivía una familia india junto a un río y cerca de una pradera. La familia tenía una canoa en la que el padre iba todos los días de pesca, y una tienda, decorada con pinturas geométricas, que era  su hogar.

La familia india era muy feliz con su tienda, su canoa, viviendo en la pradera y junto al río, hasta que un día, y en aquel tiempo, el Sol se enfadó con los hombres malos, esos que siempre van haciendo lo que no deben y crean tantos problemas, los hombres egoístas, los hombres ambiciosos, los hombres envidiosos, los hombres falsos, los hombres sanguinarios, y decidió que se quedaría por siempre en el cielo, igual que una lámpara, que no habría noche, ni llovería y que la madre Tierra, de jardín, se convertiría en desierto como castigo a tanta sinrazón y a tanta maldad.

La pradera en dónde vivía la familia india se agostó secándose por completo y de verde pronto tuvo el color de la paja, las aguas del río comenzaron a bajar de nivel y finalmente desaparecieron bebidas por la tierra sedienta y ya no hubo comida porque el río se había evaporado y la pradera no podía ofrecer pasto a ningún animal, y no llovió y los árboles en los bosques se murieron y los pájaros sin praderas, sin florestas y sin agua, desaparecieron, y, los hombres malos, también…

Mas os preguntareis, ¿es qué acaso no había hombres buenos en el mundo?… Sí, sí que los había, pero eran muy pocos. Exactamente, sólo, en el mundo entero, existían, que se supiera, siete personas, la familia india que vivía en la pradera, aunque ellos sufrían igual que los demás las consecuencias del castigo del Sol, ¿por qué, si no eran malos?

Sé que parece injusto o no encierra una explicación lógica, pero lo cierto es que sí la tiene, pues, como en todas las cosas, se precisa mucha paciencia para llegar al final.

Un día, el padre habló así a su familia:

—No hay pastos, ni agua, ni árboles, ni animales… El Sol ha castigado a los hombres por sus muchos pecados, pero pronto el Sol se aburrirá de contemplar siempre un mundo sin vida y ya no habrá remedio ni para el Sol ni para la Tierra… Yo os propongo un juego que tal vez devuelva la benevolencia al padre Sol y logre de él nos conceda el perdón…

—¿Qué juego? —quiso saber la esposa.

—Yo seré el Hombre Pradera, me acostaré sobre la árida tierra y me  dormiré y mi sueño se convertirá en verdes pastos, tan extensos que no conocerán límites.

Y así lo hizo, y la hierba verde comenzó a crecer rápidamente avanzando a medida que el sueño del Hombre Pradera se hacía cada vez más y más profundo.

La esposa del Hombre Pradera, dijo entonces a sus hijos, mientras se acercaba al lecho seco del río:

—Yo seré la Mujer Agua. Caminaré sobre el barro polvoriento del cauce y éste se tornará otra vez caudaloso y lleno de peces…

Y así lo hizo y el agua creció en el  río, escoltando el rastro de sus pasos. Fue una lengua de plata con su cortejo de peces que la seguía como la cola de un manto.

El hijo mayor dijo entonces, corriendo por la nueva pradera:

—Yo seré Joven Bisonte y trotaré por los espacios cubiertos llamando a mis hermanos bisontes, aquellos que aún puedan escucharme…

Y así lo hizo y pronto las praderas se llenaron de manadas de bisontes.

El hijo mediano dijo entonces, agitando los brazos como si volara:

—Yo seré Pájaro Volador y volaré  por el cielo del Este, por el cielo del Oeste, por el cielo del Sur, por el cielo del Norte, llamando a mis hermanos pájaros, aquellos que aún puedan escucharme…

Y así lo hizo y pronto los cuatro cielos se llenaron de aves que volaban alegremente.

El hijo tercero dijo entonces, sin moverse un paso del lugar en donde estaba:

—Yo seré Árbol del Bosque y mis brazos alzados se convertirán en ramas que se llenarán de hojas y frutas y servirán de ejemplo a mis hermanos árboles, aquellos que aún puedan escucharme…

Y así lo hizo y pronto los montes de la Tierra se cubrieron de arboleda llena de fresca hojarasca susurrante y jugosas frutas.

La anciana, madre del Hombre Pradera, suegra de la Mujer Agua, abuela de Joven Bisonte, abuela de Pájaro Volador, abuela de Árbol del Bosque y abuela de Hermanita Pequeña, que por serlo, pequeña, nadie tomaba nunca en consideración, dijo entonces:

—Yo seré la Mujer Lluvia, y como soy muy vieja y he llorado mucho, vendrán ahora todas mis lágrimas y regarán la bendita Tierra desde el alba hasta el crepúsculo durante tres días y de esta manera no quedará ni el más pequeño rincón del mundo que no reciba la lluvia y todo volverá a ser como antes…

Y así lo hizo y pronto la Tierra floreció bajo la mirada sorprendida del Sol.

Pero aún quedaba Hermanita Pequeña, esa que, por serlo, pequeña, nadie tomaba nunca en consideración.

Hermanita Pequeña se fue andando por la pradera comiendo la fruta de los árboles, saludando a los pájaros, y, montándose en un bisonte, se acercó al río en cuyas aguas miró su rostro reflejado y se sintió muy triste porque en el mundo entero, lleno de pastos verdes, de ríos llenos de peces, de bisontes, de pájaros, de árboles y de lluvias beneficiosas, sólo había una niña.

Entonces el Sol se compadeció de Hermanita Pequeña y,  multiplicando el reflejo de su carita en las aguas del río, hizo llegar la llamada a los cuatro puntos cardinales y, pronto, surcando los mares, remando contra corriente de todos los ríos, aparecieron muchos niños, aquellos que aún podían escucharla, y entonces Hermanita Pequeña, hija del Hombre Pradera, hija de la Mujer Agua, hermana de Joven Bisonte, hermana de Pájaro Volador, hermana de Árbol del Bosque y nieta de la Mujer Lluvia, ya no volvió a estar sola jamás.

El Sol se fue a dormir porque estaba agotado después de tantos días de vigilia, y la Luna le reemplazó en los cielos. Se hizo de noche por fin y todos descansaron felices.»

Enlaces relacionados:
El abuelo que no sabía explicar cuentos Cuando los árboles eran gente El árbol Será una vez…

Cuando los árboles eran gente

Bosque de Volpelleres. Foto, gentileza de Volpelleres Viu

Hace muchos años vi una película japonesa, cuyo anciano protagonista decía, mientras contemplaba un frondoso bosque, que los árboles “eran gente” y esta denominación me impactó entonces y la consideré muy poética, más, sobre todo cuando se trataba de salvar ese bosque, de impedir que lo talaran.

Un recuerdo antiguo que ha aflorado como nuevo, porque después de tantos años, hoy, contemplando a mi vez el arbolado de un bosque parcialmente condenado a muerte, el bosque de Volpelleres (Sant Cugat del Vallès, Catalunya, España), he pensado yo también que “los árboles son gente”, una gente inmóvil y muda que no habla como nosotros, pero que siente y puede sufrir, en silencio, desde luego, las arbitrariedades humanas.

En la antigüedad, en la cual se convivía mucho más con la Naturaleza que ahora, los ciudadanos de entonces, igual que los pocos pueblos primitivos que aún subsisten, respetaban los bosques, la Naturaleza, aunque convivieran con ella, tal vez supersticiosamente la adorasen, pero ese temor religioso, por paganos que fueran, salvaba su entorno. Así, en la antigua Grecia, cuna de nuestra cultura mediterránea, su manera de salvar los bosques consistió en decir que en los árboles habitaban ninfas que eran al mismo tiempo sus protectoras y guardianas. Éstas ninfas se llamaban Dríadas y Hamadríadas y vivían vinculadas al árbol, muriendo las segundas si el árbol era cortado, y sólo escapando las Dríadas de ese destino, si se casaban con un humano.

Bonita leyenda, ¿verdad?, lástima que sólo sea eso, una leyenda.

Estrella Cardona Gamio, 18 de abril 2017

A continuación, os ofrezco la lectura de dos de mis relatos publicados ya hace años y cuya temática es totalmente ecologista, Será una vez… y El árbol, este último dedicado a mi madre gran amante de las plantas.

 

El árbol

A mamá

La ventana estaba en el tercer piso y daba a la calle.

Tres pisos y una caja de ahorros más abajo, un árbol extendía sobre la acera toda su prestancia hasta una altura de varios metros, y cuando llegaba la primavera, sus ramas, aparentemente secas, se cubrían de brotes, (primicia que devoraban los gorriones siempre hambrientos), para después eclosionar en un mundo de verdor, insólito en plena vía urbana.

En cualquier centro de población, de esta manera, puede tomarse el pulso a la Naturaleza, ya que frente a una ventana, o a tres o a cuatro o a cinco, todas ellas dispuestas en hilera vertical, permanece un árbol en su mínima eternidad callejera, aunque, tal vez un día, dictaminen en el Ayuntamiento que los árboles a ambos lados de la calzada marean al conductor y los corten, o bien opinen que los árboles son malsanos porque crían mosquitos y polillas, (?), o causan desconocidas alergias, o sus raíces pueden cuartear los cimientos de los edificios, y entonces vendrán los empleados municipales, creeremos que se trata de una poda de emergencia, y los aserrarán y nos quedaremos sin árboles y sin la bendición de sus hojas verdes.

El árbol del que hablamos formaba parte de la calle como cualquier otro vecino del barrio, y, añoso, balanceaba sus ramas al compás de la brisa. Tal era su quehacer, vivir, simplemente, y de la forma más discreta, aunque en ocasiones sorprendiese con regalos inesperados, como en aquel raro invierno en el cual nevó y sus ramas, entonces secas y obscuras, se volvieron blancas, y al helar durante la noche bajo una impresionante luna llena, a la mañana siguiente, las ramas se habían convertido en joyas. Parecía un milagro, y, por extensión, todos los árboles de la calle iguales. Era lo mismo que un cuento de Hadas.

Siempre que se presentaba el buen tiempo, este árbol, innominada especie urbana, amable poste de señalización para los canes, se convertía en el hogar transitorio de todas esas aves que vuelven con la primavera, (sin olvidar a los gorriones, inquilinos vitalicios). Entre tantas, quienes destacaban yendo de un lado para otro, eran las vocingleras urracas, magníficas en su envergadura de plumas blancas y negras, hasta el punto que los vecinos podían llegar a creer que se trataba de pájaros exóticos, venidos de Dios sabe dónde para llenar de fantasía sus monótonas existencias.

Las urracas hacían nido en algún impensable recoveco de los tejados, e invariablemente comadreaban por los árboles, agazapadas entre su fronda, mientras vigilaban con ojos rapaces el hueco negro de las ventanas a la espera de ver brillar en su interior algo metálico que despertara su atención.

Nuestro personaje, el árbol, sabía de las urracas y de sus costumbres poco recomendables, ya que, involuntariamente, les prestaba la complicidad de su enramada, sobre todo, frente a aquella ventana del tercer piso que él casi podía tocar con sus hojas arribando el estío.

La ventana, algunas veces, tenía una espectadora, una anciana a quien le agradaba mirar el árbol y también a las urracas, ya que de jovencita había criado una que apareció un buen día en su casa, extraviado el rumbo del primer vuelo. A la señora le gustaban los animales y las plantas y poseía eso que se llama “mano verde”, por tal motivo, sufría cada noche viendo como el árbol, “su” árbol, impregnado por la luz de las farolas y los neones de las tiendas, fingía un descanso que ella estaba cierta no debía ser completo, aunque, ¿quién sabe?, no resultaría tampoco extraño el que los árboles ciudadanos se hubiesen vuelto trasnochadores.

La anciana contemplaba el árbol y pensaba, y su mente, como un espejo, remedo del de la pequeña Alicia, le devolvía la imagen de otro completamente distinto con el que sentíase más identificada aun cuando su evocación la tornase un poco melancólica.

En un lugar que no existe, había un árbol fantástico en medio de un paisaje encantador y triste a la vez. El paisaje se encontraba en un tiempo que no es el nuestro y sólo con el pensamiento se podía acceder a él.

El árbol era blanco como el marfil, descarnado, sin hojas, tan pulido que semejaba una escultura.

Pero no daba miedo pues era hermoso, muy hermoso y en él se encerraba toda la sabiduría del mundo.

Era un trazo de luz sobre el paisaje y se hallaba enraizado en una estrecha franja de tierra que recordaba a la niebla mientras parecía flotar encima de las aguas de un lago sin márgenes.

El cielo era azul, más no con el azul del mediodía, sino con el del atardecer cuando se acerca a su ocaso, un azul muy suave, como de acuarela.

En ocasiones, una nube de mariposas alteraba con su presencia la quietud de la estampa rodeando por unos instantes al árbol. Le abrazaban e inmediatamente después, reemprendían el vuelo.

En ese lugar de paz en cuyo centro resplandecía el árbol blanco, tan viejo y tan sabio, reinaba el silencio, no existían la enfermedad, el dolor, ni la vejez, únicamente la armonía y un dulce estar de vuelta de todo, libre ya de impaciencia y deseos.

-“Es lo mismo que dormir, -reflexionaba la anciana- dormirse tranquila y no despertar nunca más.”

Y contemplaba con fijeza el árbol vivo, allí, alcanzando, casi, aquella ventana suya que se abría en un tercer piso.

© 2000 Estrella Cardona Gamio

Enlace relacionado: Cuando los árboles eran gente