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El perro de porcelana

elperrodeporcelanaEL PERRO DE PORCELANA es un can, que haciendo honor a la fidelidad inherente a los de su especie, viaja en el tiempo, saltando por encima de dos siglos, para salvar a su dueña de un peligro en el que le va la vida, mas no puede hacerlo sólo, necesita ayuda ¿de quién?

Las aventuras se suceden, a la intriga la acompañan los desplazamientos espacio temporales, lo que la convierte en una novela de ciencia-ficción que se desarrolla en dos épocas diferentes contra toda lógica, haciendo que el destino de sus personajes se desarrolle al dictado de la fantasía más delirante sin que ello la convierta en absurda sino en sorprendente y excitante con un final de impacto por completo inesperado.

Cuando el lector concluye su lectura no puede dejar de sentir envidia por las peripecias en que han intervenido sus personajes al vivir tamañas fantásticas aventuras… aunque él también lo haya hecho leyendo EL PERRO DE PORCELANA.

Enlace relacionado: El perro de porcelana

Dos clases de escritores

Sí, existen dos clases de escritores aunque no lo parezca.

El escritor vocacional que “escribe porque si no lo hace se muere”, en palabras de Mario Muchnik, y el comercial que escribe sólo para ganar dinero.

La diferencia es evidente, el primero escribirá toda la vida aunque no publique, o publique pero sin éxito, y el segundo escribirá siempre orientado cerebralmente a escribir de manera comercial con la intención de ganar dinero. Hace tempo pude oírle decir a Ken Follet, que a él le importaba muy poco pasar a la posteridad literaria, que lo que él quería era tener éxito y ganar dinero mientras viviera, lo demás no le importaba.

Confesión pública muy atrevida pero también muy sincera por lo que no debemos censurarle pues su franqueza evidencia que es un hombre honesto y no engaña a nadie con hipócritas diplomacias. Pero sus imitadores, que son legión, suelen fingir un amor por la literatura que están muy lejos de sentir, y el precedente, bastardeado, cobra así una dudosa carta de legitimidad en sus “herederos” que acostumbran tener un sector de público amplio, lo que nos lleva a otras especulaciones y éstas mucho más lamentables, o sea a descubrir que un gran sector de lectores quieren cantidad y no son exigentes respecto a calidad, lo cual implica una cultura literaria o muy escasa o bien nula. Yo les llamo devoradores de libros que no digieren; son aquellos que se entregan gozosamente a competiciones tales como “en tres meses me he leído 50 libros” con el desconcertante resultado de liarse a la hora de ubicar si el capítulo 4 de ”Fiebre de amar” corresponde a esta novela denominada rosa o a “Cadáver sin nombre”.

Público, por otra parte, que abunda para satisfacción de algunos editores que mantienen el curioso concepto de que los libros se venden a peso como las patatas.

Para ser un escritor comercial hay que tener calidad si se quiere estar entre los primeros, calidad, cultura, y fluidez. a la hora de novelar.

Edgar Allan Poe

En cuanto al sector de los escritores vocacionales, los románticos del empeño, Poe el primero y más significativo como su representante, nos lo demuestra ampliamente con toda su obra que va indisolublemente unida a una vida desdichada y económicamente miserable con un único ingreso debido a su trabajo literario, el cobro de 50 dólares por el poema El Cuervo.

Otro ejemplo lo tenemos en Herman Melville, autor del ya clásico Moby Dick, del que se vendieron sólo 17 ejemplares y al que la crítica no trató muy bien que digamos, hasta el punto de que ello le causó una depresión tan fuerte, que renunció a sus sueños reintegrándose al aburrido trabajo de funcionario con el que mantenía a su familia, lo que no le impidió escribir relatos que en vida suya jamás publicó.

El otro ejemplo que mencionaré es el de Emily Dickinson, excelente poetisa que murió sin saber que en el futuro, gracias a los buenos oficios de una sobrina, se convertiría en la poetisa más famosa de Norteamérica.

¿Ejemplos descorazonadores?, reales simplemente.

Y ya para concluir diré que me gustaría saber, en virtud de que raro milagro, los buenos escritores contemporáneos que ven publicadas sus obras con éxito y reconocimiento, cómo consiguieron dar ese paso tan importante y difícil que significa ser aceptado por un editor.

(Se advierte que cualquier parecido con los títulos de las dos novelas ficticias que se mencionan en el presente artículo, serían pura coincidencia y no copia.)

Imagen: Edgar Allan Poe
Daguerrotipo  por W.S. Hartshorn 1848. Copyright © 1904 C.T. Tatman


El principito

Siempre me he preguntado con asombro cómo un hombre de acción y autor de numerosos libros completamente alejados de los cuentos infantiles, pudo escribir uno como El Principito, la antítesis de toda su obra, y la génesis del libro también es asombrosa.

Fue un encargo.

Aunque aún faltaba tiempo, se acercaba la Navidad, y se le pidió que escribiera un cuento para publicarlo en esas fechas, ¿a quién pudo ocurrírsele semejante idea?

Lo sorprendente es que él aceptara y más sorprendente todavía el que lo escribiera tal como lo hizo, un cuento fuera de serie, único, que se aleja de todo sendero trillado: protagonistas, un piloto perdido en el desierto y un niñito que llega de un cuerpo celeste desconocido, y tan pequeño, que parece de juguete.

Creo que en estos dos personajes su autor se desdobló, un niño grande, al revelar en un organismo adulto la mente de un niñito llena de inocencia y poesía.

Tal vez Antoine de Saint-Exupéry, en el fondo no era más que eso, un niño grande, que, a diferencia de Peter Pan, sí creció.


Enlace relacionado: Club de lectura del grupo Café Literario.

El árbol

A mamá

La ventana estaba en el tercer piso y daba a la calle.

Tres pisos y una caja de ahorros más abajo, un árbol extendía sobre la acera toda su prestancia hasta una altura de varios metros, y cuando llegaba la primavera, sus ramas, aparentemente secas, se cubrían de brotes, (primicia que devoraban los gorriones siempre hambrientos), para después eclosionar en un mundo de verdor, insólito en plena vía urbana.

En cualquier centro de población, de esta manera, puede tomarse el pulso a la Naturaleza, ya que frente a una ventana, o a tres o a cuatro o a cinco, todas ellas dispuestas en hilera vertical, permanece un árbol en su mínima eternidad callejera, aunque, tal vez un día, dictaminen en el Ayuntamiento que los árboles a ambos lados de la calzada marean al conductor y los corten, o bien opinen que los árboles son malsanos porque crían mosquitos y polillas, (?), o causan desconocidas alergias, o sus raíces pueden cuartear los cimientos de los edificios, y entonces vendrán los empleados municipales, creeremos que se trata de una poda de emergencia, y los aserrarán y nos quedaremos sin árboles y sin la bendición de sus hojas verdes.

El árbol del que hablamos formaba parte de la calle como cualquier otro vecino del barrio, y, añoso, balanceaba sus ramas al compás de la brisa. Tal era su quehacer, vivir, simplemente, y de la forma más discreta, aunque en ocasiones sorprendiese con regalos inesperados, como en aquel raro invierno en el cual nevó y sus ramas, entonces secas y obscuras, se volvieron blancas, y al helar durante la noche bajo una impresionante luna llena, a la mañana siguiente, las ramas se habían convertido en joyas. Parecía un milagro, y, por extensión, todos los árboles de la calle iguales. Era lo mismo que un cuento de Hadas.

Siempre que se presentaba el buen tiempo, este árbol, innominada especie urbana, amable poste de señalización para los canes, se convertía en el hogar transitorio de todas esas aves que vuelven con la primavera, (sin olvidar a los gorriones, inquilinos vitalicios). Entre tantas, quienes destacaban yendo de un lado para otro, eran las vocingleras urracas, magníficas en su envergadura de plumas blancas y negras, hasta el punto que los vecinos podían llegar a creer que se trataba de pájaros exóticos, venidos de Dios sabe dónde para llenar de fantasía sus monótonas existencias.

Las urracas hacían nido en algún impensable recoveco de los tejados, e invariablemente comadreaban por los árboles, agazapadas entre su fronda, mientras vigilaban con ojos rapaces el hueco negro de las ventanas a la espera de ver brillar en su interior algo metálico que despertara su atención.

Nuestro personaje, el árbol, sabía de las urracas y de sus costumbres poco recomendables, ya que, involuntariamente, les prestaba la complicidad de su enramada, sobre todo, frente a aquella ventana del tercer piso que él casi podía tocar con sus hojas arribando el estío.

La ventana, algunas veces, tenía una espectadora, una anciana a quien le agradaba mirar el árbol y también a las urracas, ya que de jovencita había criado una que apareció un buen día en su casa, extraviado el rumbo del primer vuelo. A la señora le gustaban los animales y las plantas y poseía eso que se llama “mano verde”, por tal motivo, sufría cada noche viendo como el árbol, “su” árbol, impregnado por la luz de las farolas y los neones de las tiendas, fingía un descanso que ella estaba cierta no debía ser completo, aunque, ¿quién sabe?, no resultaría tampoco extraño el que los árboles ciudadanos se hubiesen vuelto trasnochadores.

La anciana contemplaba el árbol y pensaba, y su mente, como un espejo, remedo del de la pequeña Alicia, le devolvía la imagen de otro completamente distinto con el que sentíase más identificada aun cuando su evocación la tornase un poco melancólica.

En un lugar que no existe, había un árbol fantástico en medio de un paisaje encantador y triste a la vez. El paisaje se encontraba en un tiempo que no es el nuestro y sólo con el pensamiento se podía acceder a él.

El árbol era blanco como el marfil, descarnado, sin hojas, tan pulido que semejaba una escultura.

Pero no daba miedo pues era hermoso, muy hermoso y en él se encerraba toda la sabiduría del mundo.

Era un trazo de luz sobre el paisaje y se hallaba enraizado en una estrecha franja de tierra que recordaba a la niebla mientras parecía flotar encima de las aguas de un lago sin márgenes.

El cielo era azul, más no con el azul del mediodía, sino con el del atardecer cuando se acerca a su ocaso, un azul muy suave, como de acuarela.

En ocasiones, una nube de mariposas alteraba con su presencia la quietud de la estampa rodeando por unos instantes al árbol. Le abrazaban e inmediatamente después, reemprendían el vuelo.

En ese lugar de paz en cuyo centro resplandecía el árbol blanco, tan viejo y tan sabio, reinaba el silencio, no existían la enfermedad, el dolor, ni la vejez, únicamente la armonía y un dulce estar de vuelta de todo, libre ya de impaciencia y deseos.

-“Es lo mismo que dormir, -reflexionaba la anciana- dormirse tranquila y no despertar nunca más.”

Y contemplaba con fijeza el árbol vivo, allí, alcanzando, casi, aquella ventana suya que se abría en un tercer piso.

© 2000 Estrella Cardona Gamio


El “malo” en la literatura

El personaje del “malo” en la literatura, pese a su repulsiva presencia, es uno a quien los novelistas debemos estar más agradecidos, porque sin “malo” el “bueno”, y sus bondadosas andanzas, aburrirían infinitamente al lector. El “malo” es necesario para que al “bueno” le sucedan infinidad de problemas que den color a su vida y entretenimiento al público. Los “malos” son odiados, execrados, vituperados, pero la verdad es que no podemos prescindir de ellos, autores y lectores, ya que son la sal de la vida, de la pura ficción; sin Drácula, Jonathan Harker hubiera pernoctado en un castillo poco acogedor yéndose a la mañana siguiente tan tranquilo. Sin el hombre que la violó repetidas veces y sin sus sádicos padre y hermano, el personaje de Lisbeth Salander no habría tenido el más mínimo carisma y desde luego no hubiera entrado en la historia de la literatura como un icono de culto, en parte también porque la niña es un rato bestia a tono con su familia y abusadores, vaya, que frecuenta la misma onda, o, para ser más suaves: obra en defensa propia. Pero Lisbeth no es “mala”, es sólo una víctima que se defiende recreando otro tipo de personaje, el de víctima justiciera que, a los efectos literarios, tiene la misma garra que cualquier “malo”; con ella no te aburres, de ahí su éxito multitudinario.

Cambiando de tercio y centrándonos sólo en la maldad pura y dura, otro ejemplo lo tenemos con la famosa Milady de Los tres mosqueteros. Falsa, perversa y asesina despiadada, recibirá su justo castigo al final y todos nos alegraremos aunque en el fondo de nuestros corazones debamos estarle reconocidos porque sin ella la novela no sería lo que es.

¿Y qué decir de la ambigua y vengativa ama de llaves de Rebeca, de Daphne du Maurier?; de faltar la señora Damvers esta novela no se habría escrito jamás.

¿Y el capitán Achab con su obsesión por Moby Dick?… Porque para mí la ballena no es más que un pobre animal acosado.

Heatcliff, de Cumbres borrascosas, es un “malo” a la antigua usanza, “malo” integral sin fisuras de ninguna clase, su amor es odio y no conoce la piedad, mas si lo quitamos de la novela, ¿qué nos quedaría?, ¿una cosa blanda, amorfa y pedante al estilo de las de Jane Austen, la única razón de ser de cuya obra es únicamente cazar marido?

Personalmente, como autora, tengo un personaje sin duda aborrecible que sale en mi novela Adriel B. (subtitulada La novela de una alcohólica), y que se ha ganado por propios merecimientos adrielbel odio de los lectores, nadie lo soporta y el que se salga con la suya menos, porque hace el mal y no recibe ningún castigo; al contrario, es oportunista, sinvergüenza, manipulador, mentiroso, ególatra y amoral, aparte de cínico y egoísta, y lo mejor del caso es que está creído de que obra perfectamente y no experimenta remordimiento alguno.

Por pura lógica literaria, el individuo en cuestión, siendo el personaje que le amarga la vida a la protagonista, es el que dota a la obra del suspense necesario para enganchar al público, ya que incentivando los tormentos alcohólicos de Adriel B., consigue que el ritmo de la obra no decaiga ni un instante.

A mí ese personaje indeseable me cae muy bien y lo considero por mi parte todo un logro, no es que sea mi primer “malo”, pero sí un “malo” al que le tengo mucho cariño por lo perfecto que me ha salido.

Aquí sucede algo muy curioso: lo que siente el autor de su pequeño monstruo de Frankenstein una vez dado a luz; los escritores contemplamos a nuestras criaturas pavorosas como si fueran objetos de laboratorio, y si exceptuamos a Mary Shelley que lo convirtió en su alter ego literario (su recóndita confesión expiatoria de criatura prefabricada por un padre inhumano), el “malo” en la literatura equivale a todo un master creador porque es difícil de retratar con justeza, un poco menos lo convierte en un ser desdibujado y contradictorio, un poco más en un ser truculentamente risible, y el “malo” no ha de ser ni lo uno ni lo otro, conseguirlo es toda una obra de paciencia y pulso que cuanto más perfecta más nos satisface, por ejemplo, el Dorian Gray de Wilde es un “malo” (ahora han vuelto a rehacer la película) exquisito (no podía ser menos tratándose de su autor), elegante, refinado, que en pleno siglo XIX encuentra, en una exclamación, su particular diablo al que vender el alma de una manera disimulada, convirtiendo así el “malo” en hipócrita, otra pincelada que agregar al retrato, y esto sí que es un juego de palabras.

Al novelista, lo mismo que a Pigmalión, lo único que le importa es que su obra sea lo que él soñó y nada más. La fealdad de Quasimodo para Victor Hugo era belleza y la maldad de Frollo el contrapunto necesario, bien medido y oportuno.

En cierta ocasión leí en un foro los lamentos de cierta jovencita, escritora bisoña, que se quejaba de los “malos” literarios y no comprendía por qué tenían que existir. Le era impensable imaginar que sin Hyde, Jeckill nunca hubiera tenido razón de ser.

Nena, ¿no te contaron en la infancia que a Caperucita Roja se la comió el Lobo Feroz?

© 2010 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.
Enlace relacionado: Adriel B. – La novela de una alcohólica

Donde se esconde la imaginación

También lo podríamos denominar el almacén de las ideas, el lugar de donde surgen cuando un escritor comienza su novela, relato o cuento infantil.

Existen ideas peregrinas respecto a la creación literaria, hay gente que piensa que el escritor es una especie de médium que cae en trance apenas comienza su obra de turno, vaya, que desde el Más Allá le están dictando lo que ha de narrar, y eso no es cierto ya que equivaldría a que ningún autor lo es de su obra condicionándole al papel de robot frente a la máquina de escribir, hoy en día ordenador, antaño pluma de ave.

Escribimos nosotros porque nosotros lo pensamos, nosotros y nadie más. Las ideas no surgen por arte de magia sino de nuestro cerebro, de ese maravilloso almacén de recuerdos propios o aprendidos, de enseñanzas recibidas, de experiencias y de vivencias buenas y malas, y como no pensamos lentamente nuestras ideas surgen veloces, tanto, que a veces hasta nos parece increíble que se nos puedan haber ocurrido. Es así y no hay más.

Yo podría daros muchos ejemplos personales como escritora, pero voy a comentar uno, muestra para hacer más comprensible el mecanismo de la inspiración.

EL PERRO DE PORCELANA es el elegido al ser el más reciente que he publicado.

Sin ser copia de ninguna lectura concreta, sí reconozco que se halla inspirado en aquellas maravillosas historias fantásticas que se leen siempre en ciertas etapas juveniles de la vida, cuanto más fantásticas más emocionantes. A ello hay que ir añadielperrodeporcelanaendo el elemento de lo maravilloso espigado en la mitología irlandesa por un lado y por el otro en el clásico, y siempre muy atractivo, mundo de la piratería.

Ahora bien, ¿cómo se me ocurrió la novela, cuál fue su germen?, pues algo tan sencillo cual descubrir, en un manual de razas de perros, la foto, magnifica fotografía, de un perro de porcelana, así denominado por la blancura de su pelaje, que salpicaban discretamente unas pocas manchas cobrizas. La imagen y el nombre se me quedarían grabadas y no hacía más que preguntarme qué es lo que yo podía hacer con semejante personaje de nombre tan fascinante. Y así, poco a poco, fue surgiendo la novela en mi cerebro, con influencias muy marcadas en el estilo y el lenguaje, eso sí, de la literatura del siglo XIX, tal fue el nacimiento de EL PERRO DE PORCELANA.

Debo confesar que me lo pasé muy bien desarrollando el argumento y que darle el toque de los viajes en el tiempo fue todo un acierto por mi parte, máxime cuando un tema tan clásico no se presta a manipulaciones futuristas, ¿qué rincón de mi mente escondía esta sorpresa?


Enlace relacionado: El perro de porcelana  

Tres novelas que escribí simultáneamente

Era la primera vez que lo hacía y el resultado fue sorprendente.

El 2 de enero de 1997 empecé a escribir CARTA A CHARO y en el mes de febrero del mismo año di comienzo a EL PERRO DE PORCELANA, rematando la faena a finales de marzo del 97, con LA CANCIÓN DE LA MANZANA.

Como las escribía al mismo tiempo no me di cuenta de un detalle en el que caí cuando ya estaba muy avanzada, o sea, que había conseguido sin proponérmelo, que cada una de ellas no se pareciese en nada a la otra, cosa que podía haber sucedido simplemente en el lenguaje, pero no fue así por suerte y las tres hermanas vinieron al mundo mellizas pero no gemelas, tierna y nostálgica CARTA A CHARO, de ficción fantástica EL PERRO DE PORCELANA y sumamente cómica y divertida LA CANCIÓN DE LA MANZANA.

Hoy me siento muy orgullosa de haberlas escrito, y, también, ¿por qué no decirlo?, maravillada de haberlo podido conseguir sin darme cuenta.

Como anécdota diré que CARTA A CHARO, siendo la primera, fue la última en ser terminada, porque cada carta tiene una fecha, y la fecha coincide con el día en que fue escrita.


Enlaces relacionados:
Carta a Charo  El perro de porcelana  La canción de la manzana

Reseña por el escritor Luis Ernesto Romera

Adriel B.

Mi atracción por la escritura, vino por la búsqueda del libro que siempre me habría gustado leer. Bien es verdad que ese es un sueño utópico, tanto lo de encontrar ese libro ideal, como lo de convertirse uno en escritor profesional.

Pero mientras tanto, me conformo con aprender de las buenas lecturas como la del libro del que ahora quiero hablar y de los buenos escritores y escritoras, como la autora de esta obra.

romerablogadrielb-300x216El libro en cuestión es: Adriel B. de la veterana escritora, editora y bloguera Estrella Cardona Gamio, de la cual tengo una especial predilección, pues he leído al menos cinco de sus libros y siempre han estado entre mis favoritos.

El título dice poco, un nombre y ni siquiera el apellido completo, tan solo la inicial. En realidad el esconder ese apellido que tanto nos identifica, es la esencia de la trama. Una joven y talentosa escritora que sufre las injusticias de un mundo editorial corrupto, donde se ve obligada a ser el “negro” de famosos escritores que cuando pasan por crisis de ideas, las editoriales se encargan de ofrecerles los borradores de aquellos trabajadores anónimos como Adriel. Se va descubriendo el entramado y las argucias de los grandes del libro, que recurren a trampas, amaños en concursos literarios y plagios descarados con tal de mantener a sus best sellers en boga.

Pero la novela no va solo en esa linea de denuncia, sino que guarda otra tragedia escondida en la vida de la protagonista. Poco a poco, sin darse cuenta, o quizá sin querer hacerlo, se va introduciendo en el mundo del alcoholismo, y en esa espiral mortal, que la va arrastrando a situaciones convulsas, rebajándola a una vida donde la promiscuidad, la vida licenciosa, la llevan al borde de su final.

En medio de eso, conoce a un hombre que se cruzará en su vida y luchará hasta el agotamiento por sacarla de allí. ¿Lo logrará?

Vale la pena descubrirlo, es una historia muy dura, pero a la vez con grandes dosis de realismo, que nos hace pensar en la fina división que existe entre el bebedor social y el empedernido enfermo alcohólico. Nos logra introducir en la mente de la protagonista, en sus contradicciones, sentimientos y luchas.

De paso, los que nos consideramos escritores, podemos aprender y entender muchas de las razones por las que el sueño de convertirse en un gran escritor, a veces se puede convertir en una pesadilla, sino sabemos administrar bien los fracasos que esta dura vida nos depara.

© 2015 Luis Ernesto Romera

 

Publicado en Te sugiero este libro 

Los pobres siempre andamos mirando al suelo

Lo que primero me atrajo de este libro fue el título, lo encontré original y prometedor, y cuando empecé a leerlo quedé definitivamente conquistada. Mo de La Fuente, ha escrito una gran novela, una magnífica novela que si hace 20 años hubiéramos encuadrado en la ciencia-ficción, ahora ya no, es demasiado actual en su reflejo de la incertidumbre y la angustia que el día a día nos trae a través de los titulares de prensa.

Los personajes son entrañables y acabas considerándolos tus amigos, sufres con ellos y te enterneces. Despiertan tu instinto protector.

La novela está escrita con buen pulso y el interés no decae ni un instante en cuanto la empiezas a leer, realizándose el milagro de que el suspense te atrapa y devoras más que lees el libro. Repito, una gran obra valiente, nueva y fascinante. Todo un descubrimiento.

Una novela escrita sin ñoñas sensiblerías incluso en sus escenas más dramáticas, que, efectivamente, te hacen llorar aunque estén descritas con gran sencillez, lo que demuestra una vez más la profesionalidad de su autora.

En suma, debe leerse porque pocas veces se encuentra una novela tan bien escrita y tan buena.


Enlaces relacionados:
Mo de la Fuente Los pobres siempre andamos mirando al suelo

La dama de blanco

He concluido la lectura de La dama de blanco de Wilkie Collins y quiero comentarla con vosotros.

Para empezar diré que a mí me gusta la literatura del siglo XIX, sea victoriana, gótica o no, o sea que no soy muy imparcial en este caso aunque procure serlo, nobleza obliga.

Hace unos años había leído de este autor La piedra lunar, que me fascinó, y Las hojas caídas, pero tenía muchas ganas de conocer La dama de blanco y gracias a Amazon Kindle lo he conseguido.

De este autor decía Borges: “Wilkie Collins es el maestro de la trama, la zozobra y los desenlaces imprevisibles”, y es cierto, pero hay que leerlo situándonos en su época, porque, actualmente, resabiados como estamos con las películas y los telefilms, podría más de uno permitirse el lujo de tratarle con indulgente condescendencia a él, el maestro, precursor de un género, como por ejemplo lo fuera entre los primeros, Poe, cuyos pinitos policíacos sentaron escuela.

El comienzo de La dama de blanco puede antojárseles a algunos un poco premioso e incluso previsible en su desarrollo, pero esa sensación se desvanece pronto en cuanto la acción sufre un giro inesperado que te desbarata todos los esquemas, y así continúa con capítulos (mejor dicho confesiones de todos los personajes que intervienen en la obra), de intriga creciente y muy bien llevada.

El texto se va desarrollando poco a poco, paso a paso, y con tranquilidad, pero eso no priva de que haya escenas de una gran acción tan trepidante como pueda encontrarse en las novelas de cualquier autor actual de bestsellers.

A destacar el papel de la mujer siempre muy dentro de su época, o sea secundario y como víctima y a la espera del caballero que la salve; en el siglo XIX no se podía concebir de otra manera.

En cuanto a los “malos” son “malos” integrales, sin fisuras. No puedes tenerles simpatía. Uno de ellos es de antología, sumamente pintoresco e incluso extravagante, cómico, según se vea.

Algo que tengo que destacar y que me encanta, es una costumbre que suele darse en los autores ingleses: sus personajes no son planos, cada uno es diferente al tener su propia psicología, evidente en su forma de expresarse.

Y para concluir otro detalle, el acabado perfecto, que no deja cabo sin atar, el resumen final de lo que les aconteció a todos y cada uno de los personajes una vez concluida la historia. Costumbre esta que era casi norma en el XIX, herencia del anterior. Hoy en día los finales son diferentes, bruscos en algunos casos y siempre impactantes, me estoy refiriendo a las novelas policíacas o de intriga.

En resumen, una excelente novela que si best seller fue en su época, hoy lo continúa siendo, bajo la denominación de clásico. Lo maravilloso es que casi a 200 años de su publicación, el autor de La dama de blanco siga teniendo un público que le lee con avidez, cosa que tal vez no pueda decirse, en un futuro, de muchos escritores actuales.


Enlace relacionado:
https://www.goodreads.com/book/show/18176753-la-dama-de-blanco