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Muy personal

Mi pequeña historia

Ardilla en el bosque de Volpelleres. Foto, gentileza de Volpelleres Viu

Mi amor por la ecología comenzó en la adolescencia cuando mi familia se trasladó a vivir de Barcelona a Sant Cugat, y de eso han transcurrido muchas lunas. Viví hasta los 25 años en el bosque y aprendí a sentirlo como ser vivo que era, pero mi concienciación ecológica vino cuando empezó la amenaza del agujero en la capa de ozono, por cierto tomada con bastante indiferencia por la gente. Por acusar a alguien se acusó a los aerosoles y en casa suspendimos su utilización, ese fue mi bautismo.

Desde entonces siempre he luchado por el medio ambiente al estilo de David contra Goliat, o sea, en inferioridad de condiciones, pero lo he hecho y lo sigo haciendo. He escrito en prensa, concretamente en El Cerdanyola en cuya ciudad tuve un programa de radio propio, dirigido y presentado por mí, que se titulaba El Tercer Planeta y entre cuyas entrevistas pude llevar a un miembro de Greenpeace, cuando entonces eran asequibles. Y siempre que he tenido ocasión he alzado mi voz en defensa de la Naturaleza, con la fauna incluida.

Como soy novelista, en mi sección de cuentos infantiles siempre he procurado dar un mensaje tanto ecologista como animalista, para que los niños tomen conciencia de la Naturaleza y aprendan a amarla, y también amen a los animalitos que no son juguetes ni cosas.

Y en ello continúo…

Como anécdota para finalizar, contaré que la primera vez que vine a Sant Cugat, ya para vivir, al bajar del tren, me sorprendió la limpieza del aire, diciéndole a mi padre que era un “aire raro”, y él me dijo entonces, sonriendo divertido: es aire puro, hija mía, aire sano de los bosques.

Estrella Cardona Gamio, 23 de abril 2017

Una palabra que lo dice todo

In Memoriam. Hoy nuestra madre habría cumplido 104 años.

Tal vez sea la palabra más utilizada en todos los idiomas, la más repetida, ya que a diario la podemos pronunciar todos millones de veces; mamá.

Y, es curioso, pero mamá encierra para cada uno de nosotros su propio y muy personal significado; tiene un rostro, y una personalidad, única y exclusiva, es como una verdad que poseyera mil rostros diferentes pero siempre fuese la misma, y eso, que para otras cosas puede resultar hasta imposible, en su caso es perfectamente viable.

Para mi hermana y para mí, nuestra madre era simplemente mamá y aunque oyéramos a otras hijas mencionar a su madre, la nuestra era la nuestra y no había discusión: mamá era mamá.

Mamà
Mamà. Foto del álbum familiar de las hermanas Cardona Gamio.

Mamá nació en 1912, un año muy significativo entonces y más todavía ahora que celebra su centenario con la amenaza del fin del mundo para el próximo mes de diciembre, según la profecía maya. Pero hay más.

Mamá nació el 22 de abril, un mes lleno de efemérides sonadas de imborrable recuerdo, la del hundimiento del Titanic es una de ellas, el 15 de abril, la otra el fallecimiento de Bram Stoker el 20 de abril del mismo año.

Casualidades, sin duda alguna pero sonadas. La gente desconocida puede nacer entre fechas célebres, o alrededor de ellas y las efemérides marcan esos eventos mientras que la existencia del ciudadano se desliza como una sombra furtiva entre ellos. Son vidas reales pero como nadie sabe de ellas es igual que si nunca hubieran sido, y cuando la persona desaparece es lo mismo como si jamás hubiera estado, menos para los suyos, que aún conservan sus recuerdos, sus pequeñas obras, en el caso de mamá, labores de costura, de punto y de ganchillo que acompañan como una presencia muda llena de imágenes desvanecidas, de fechas señaladas o no, de días que se fueron para no volver.

(Buscando efemérides destacadas sobre el día 22 de abril, concretamente buscando a personas que hubieran nacido ese mismo día encontré la de Henry Fielding, 22.4.1707, y la de María Zambrano 22.4.1904, pero lo sorprendente fue hallar el nombre de Kathleen Ferrier, nacida el 22 de abril de 1912, una famosa contralto británica que se casó, igual que mamá, el mismo año que ella, y como se adjuntaba fotografía descubrí con sorpresa un razonable parecido físico entre ambas. Mamá también tenía una voz muy bonita cantando y le gustaba mucho la música, pero en todos estos paralelismos acaba el parecido; Ferrier nunca tuvo hijos y murió muy joven a los 41 años).

A mamá le atraía, le fascinaba y le aterrorizaba el mar, no la playa, sino el mar, alta mar, sobre todo cuando oía hablar de naufragios, y en ocasiones, bromeando, decía que ella debía ser la reencarnación de una de las víctimas del Titanic, pero lo decía como el que juega, sin auténtico convencimiento, más bien era una fantasía. Mamá tenía imaginación pero nunca escribió ninguna novela, mamá creía en Dios pero no era religiosa al uso. Bodas, bautizos, comuniones y entierros constituían sus únicas visitas a la iglesia, sin embargo, por paradójico que resulte, profesaba una gran devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro, lámina grande enmarcada a la que ella le ponía siempre flores, eso sin olvidar a San Martín de Porres, cuya imagen no faltaba en su mesilla de noche.

Me gustaría contar una anécdota que tal vez pueda describir su forma de ser en cuestión de creencias, no para que alguien la comprenda ya que a nadie ha de rendir cuentas de su forma de ser, sino para que se sepa como era.

Años después de que falleciera papá, un domingo que fuimos de excursión a la montaña con varios amigos, a un bosque muy característico de Catalunya y cuyo nombre no recuerdo ahora. Luego de comer, mesa y taburetes de campo, una pequeña mariposa azul, vino revoloteando hasta posarse en la mano de mamá, y allí se quedó sobre su dedo índice batiendo suavemente las alas muy tranquila y sin intención de marcharse. Todos contemplábamos la escena sorprendidos y mamá como fascinada, de pronto mamá dijo: es el alma de mi marido que ha venido a estar con nosotras, y al cabo de cinco minutos, la mariposita alzó el vuelo y desapareció.

Ya sé que para muchos esta anécdota puede resultar intrascendente o tonta, una reflexión vacía de sentido, pero yo la encuentro muy poética y ya entonces me hizo pensar en aquellas creencias paganas que representaban el alma bajo el aspecto de una mariposa. Yo lo sabía pero mamá no y encontré curioso el hecho de la comparación. Una breve mariposita azul que ascendió entre los árboles de tronco delgado y altas copas de verde oscuridad.

Nuestros amigos, muy bien educados ellos, pusieron cara de circunstancias pero no se rieron e incluso siguieron el vuelo errático de la mariposa hasta que se perdió de vista, algo tan pequeño y tan frágil a merced del picotazo de cualquier ave, una pequeña alma azul que volaba hacia la luz del sol, aquellos famosos rayos de los cuadros que parecen escaleras hacia el cielo.

Hoy se cumple el centenario de su nacimiento dentro de un año cuajado de incógnitas y, según los mayas, decisivo, no podía ser menos tratándose de mamá.

© 2012 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en ccgediciones.com el 22 de abril de 2012

Radiografía de una foto

Describir una fotografía, que nadie más que yo veo en esta ocasión, es una tarea difícil, y lo es sobre todo porque no puedo adjuntarla al presente artículo ya que pertenece a una postal y tiene su copyright.

Hace años que la compré yo misma en París y no para enviar sino para quedármela porque me gustó, sin embargo no es que se trate de una postal de esas que podríamos llamar de coleccionista, ni paisajes ni monumentos históricos, nada de eso, es vulgar e insignificante según como se contemple: un gato pequeño subido al mármol de una mesa en la terraza de cualquier bar anónimo, en este caso parisino. Detrás del gato el fondo se separa en dos partes, bajo un cielo nublado, a la derecha la acera, unos árboles y una parada de autobús, a la izquierda la fachada del bar (un bar de lujo) consistente en una larga vidriera dividida en paneles que reflejan la calle de una manera fantasmal y las sillas, que como un escuadrón de húsares, vacías, esperan a la clientela detrás de sus respectivas mesas.

El gato sobre la mesa —una mesa redonda, por lo que no podemos hablar de ángulos—, situado al borde de la misma, y en el centro de ésta dos tazas blancas con filo dorado, vacías también, una mostrando gotas secas de café en el costado visible, inmediato a una cucharilla plateada, y, tiradas de cualquier manera al lado de los platillos de ambas tazas unos papeles blancos arrugados que se supone deben ser servilletas.

El gato sobre la mesa se halla situado más a la diestra y su cuerpecito en el punto perfecto, intersección, que anula la monotonía de acera y sillas.

Es un gatito atigrado, gris (yo diría mejor una gatita) de orejas enhiestas y puntiagudas, su pelaje le envuelve como un abrigo suave y algodonoso en el que las rayas forman un gracioso estampado. El animalito contempla al fotógrafo y su gesto es todo un poema de expresividad, ¿quién dijo que los gatos parecen esfinges inescrutables?

Teniendo en cuenta que la foto fue una instantánea lo milagroso es que el gato posara, involuntariamente desde luego, un segundo o dos, tiempo suficiente para entrar en la posteridad inmortalizado, una posteridad de la que él jamás tuvo la menor idea porque esta fotografía fue tomada hace 24 años si hemos de fiarnos de la fecha que aparece situada en vertical, y con letra diminuta, en la esquina inferior de la imagen, a la derecha.

El gato mira al fotógrafo con una enorme curiosidad y sorpresa; parece que pensara: ¿quién eres y por qué haces estas cosas tan raras? De la misma manera me mira a mí, a todos los que adquieran la postal o la reciban, una curiosidad y una sorpresa que permanecerán por siempre inmovilizadas, fijas: un gatito atigrado de enhiestas orejas grises, y grandes, redondos, ojos verdes, que está empezando a conocer el mundo que le rodea.

Al verle por primera vez me dije “¡Pobre animalito, gato callejero sin duda a la búsqueda de restos comestibles en el entorno de los bares!”, más tarde, cuando se me pasó el arrebato sensiblero, me di cuenta de un detalle muy significativo, su pelaje era precioso, y estaba bien alimentado, además su expresión denotaba una curiosidad exenta de sobresalto o inquietud, y entonces caí en la cuenta de que debía ser propiedad de los dueños del bar. Un gatito mimado, con aires de amo y señor, que contempla tranquilamente a un intruso, a todas luces incomprensible, que le está fotografiando. Una nueva lección con la cual enriquecer sus experiencias callejeras.

¿Qué fue de este gato, qué vida tuvo, una existencia larga y feliz o por el contrario fue corta y acabó bruscamente?, ¿tuvo hijos?, detalle importante, ya que el creced y multiplicaos alcanza también a los animales.

Pequeño felino encaramado a la mesa de un bar, nunca lo sabremos, y, como todos los ilustres retratados de la historia, tu identidad permanecerá por siempre envuelta en el misterio para estimular la imaginación de quienes te contemplen: enhiestas orejas grises, redondos y grandes ojos verdes, naricilla rosada, blancos bigotes y boquita cerrada en un eterno rictus de estupor.

Mi gatito del recuerdo, como una flor prensada entre las páginas de un libro, compañero fiel mientras trabajo, mi pequeña mascota en cartulina, siempre juntos hasta el final de los días. Te quiero.

© 2011 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.