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Estrella Cardona Gamio

Carta a Charo cumple 20 años

Con el año nuevo quiero contaros una pequeña historia que nació hace hoy exactamente 20 años. Tal día, más o menos a esta misma hora, empecé a escribir CARTA A CHARO, que en su inicio no iba a pasar de ser un relato muy corto, la primera carta y nada más, pero al terminarla se me ocurrió añadirle aquello de “no se lo digas a Antonio”, y entonces pensé que no podía quedarse así, que debía continuar, la verdad es que tenía mucha curiosidad por saber qué es lo que la protagonista no quería que Charo le dijese a su marido.

Parece una tontería, ¿verdad?, la escritora curioseando en la vida privada de sus personajes, pero así suele pasar, y así  se desarrolló esta novela, con la particularidad de que cada carta está  redactada el mismo día de la fecha que aparezca en la misiva. Intervalos irregulares de tiempo entre unas y otras y la última también escrita en su día con la fecha, como todas las demás. Fueron varios meses y os aseguro que me divertí mucho  haciéndolo. El personaje de Charo me  enamoró desde que aparece respondiendo, porque sin Charo no habría novela, o sea que le debo mucho, es una mujer tan viva que se escapa de la letra impresa y en la acertada opinión de un lector, “¡es todo un hallazgo!”

En fin, esta es mi pequeña historia de aniversario para celebrar el cumpleaños de CARTA A CHARO,  ahora también en inglés, LETTER TO CHARO, traducida por Olga Núñez Miret.

Louise May Alcott

Coincidiendo con que en Argentina se ha publicado ahora la novela Mujercitas en su versión original, sin recortes, aprovecho para ilustraros con la biografía de su autora que escribí en el año 2004.

Louise May Alcott vino a este mundo el 29 de noviembre de 1832 en Germantown, Philadelphia, segundogénita de las cuatro hijas que tuvo el matrimonio formado por Bronson y Abigail Alcott.

Louise residió poco tiempo en su lugar natal ya que a muy temprana edad toda la familia se trasladó primero a Boston, y luego a Concord, dos puntos en donde la futura escritora viviría a lo largo de su existencia con escasas salidas al exterior.

El ambiente familiar pesó en ella de una manera aplastante condicionando su vida y su obra posteriormente; para empezar fue educada por su padre que pertenecía a la congregación de la Nueva Inglaterra Trascendentalista, y, además era una persona por completo desvinculada de las necesidades materiales de la existencia, es decir un utópico soñador, aunque en su momento, llegó a tener cierto renombre como filósofo y educador, tal vez al rodearse de quienes lo eran verdaderamente como Thoreau y Emerson.

Louise May Alcott comenzó a escribir a muy temprana edad, iniciándose con su diario; Goethe y las hermanas Brontë serían posteriormente sus guías literarios.

Su primera obra, publicada a los 22 años, fue un librito de cuentos, dedicado a la hija de Ralph Waldo Emerson, Ellen.

El hecho de que su padre fuese un eterno soñador, la impulsó a tomar las riendas del hogar junto con su madre, después del fiasco del último negocio del señor Alcott.

Por aquellas fechas regresaron de nuevo a Boston, y Louise trabajó como sirvienta, como profesora y en cuanto le salió que pudiera aportar ingresos a su familia, experiencias que más tarde plasmaría en otro libro, 1873, pero antes ya había empezado su colaboración en publicaciones impresas.

Al estallar la famosa Guerra de Secesión americana fue enfermera voluntaria en un hospital de Georgetown, contrayendo más tarde las fiebres tifoideas de las que se resentiría el resto de su vida.

Tales vivencias la llevarían a escribir sobre lo que vio, que no era precisamente almibarado, en una colección de cartas a su familia, que, bajo el título Apuntes del hospital, llegarían a verse editadas.

Su primera novela se publicó en 1867, pero un año antes había escrito un cuento, Larga y fatal persecución del amor, que si bien saldría en una revista, no publicaríase en un libro hasta… ¡1995!

Finalmente surgió Mujercitas, que paralela a su argumento es casi la autobiografía de Louise, al tener un comienzo marcado por su padre quien prácticamente, la obligó a escribirlo ante la sugerencia de un editor amigo, quien suponía que una “historia de muchachas”, podría ser del agrado de los lectores.

Al respecto se cuentan muchas anécdotas, como por ejemplo que su padre quiso que mostrase la historia de una ejemplar familia americana, eso por un lado, por otro, que la penuria económica la forzó hacerlo aunque no tenía ninguna fe en lo que estaba escribiendo, que para ello se basó en sus recuerdos de infancia y adolescencia, que la novela fue mutilada por sus editores hasta convertirla en la edulcorada versión que todos hemos leído, que no obstante escribirla muy en contra de su voluntad se hallaba destinada a obtener un éxito clamoroso entonces…, y que continúa ahora.

Mujercitas fue el best seller de la época y el editor Thomas Niles, un avispado hombre de negocios, le propuso una segunda parte que se titularía Aquellas mujercitas, y aún hubieron más secuelas, entre ellas Hombrecitos y etc.

Se ha dicho que Jo es el retrato de su autora, plenamente identificado con ella menos en el matrimonio; Jo se casa pero no así Louise, de quien se ignoran amores al hallarse dedicada a la literatura juvenil y a su familia, a los que atendió hasta el final; la muerte de su madre, años antes que la de su progenitor, la marcó hondamente, y a esto hay que añadir el hecho de que su hermana pequeña May falleciese también dejándola al cuidado de su hijita..

Sin embargo, existió una segunda Louise May Alcott, que, como Jo, escribió con seudónimo, en su caso el de M.A. Barnard, toda una colección de historias, novelas y relatos en los cuales el adulterio, el incesto y las más intensas pasiones tenían cabida, no faltando truculencia y folletín en ellas.

Esta otra Louise May Alcott nada tenía que ver con la controlada y “políticamente correcta” autora a la fuerza, de Mujercitas, y así llegó hasta el final de sus días, escindida en dos personalidades muy diferentes, dándose la curiosa circunstancia de que la novelista murió en el mes de junio de 1888, el día en que Bronson Alcott recibió sepultura.

De lo que no cabe ninguna duda es que la criticada Mujercitas, criticada en su versión de censura, ha dado impulso y ánimo a muchas escritoras en ciernes que luego devinieron conocidas, como, por ejemplo, Simone de Beauvoir entre otras.

Louise May Alcott escribió 300 libros, unos con seudónimo, otros con su nombre, y también dos obras suyas de singular contenido Un moderno Mefistófeles y Un susurro en la oscuridad, serían publicadas póstumamente.

Dada la temática de muchas de sus novelas en las que se menciona un amor seductor y fatal, casi perverso, cabría preguntarse hasta que punto Louise May Alcott desconoció la pasión amorosa.

© 2004 Estrella Cardona Gamio

 

Biografía publicada en ccgediciones.com

Taller libre de literatura

tallerlibredeliteraturaTALLER LIBRE DE LITERATURA nació prácticamente a petición del publico lector, a través de sus preguntas y tuvo un éxito fulminante, éxito que me animó a convertirlo en libro.

Un libro que me ha dado grandes satisfacciones por conducto de las cartas de agradecimiento de sus lectores, así pues, una vez más lo menciono en plan publicitario para que pueda servir de ayuda a cuantos necesiten adentrarse en el mundillo de la literatura escrita, con la seguridad de que será muy bien acogido.


Enlace relacionado: Taller libre de literatura: Respuestas a preguntas de escritores noveles

Una palabra que lo dice todo

In Memoriam. Hoy nuestra madre habría cumplido 104 años.

Tal vez sea la palabra más utilizada en todos los idiomas, la más repetida, ya que a diario la podemos pronunciar todos millones de veces; mamá.

Y, es curioso, pero mamá encierra para cada uno de nosotros su propio y muy personal significado; tiene un rostro, y una personalidad, única y exclusiva, es como una verdad que poseyera mil rostros diferentes pero siempre fuese la misma, y eso, que para otras cosas puede resultar hasta imposible, en su caso es perfectamente viable.

Para mi hermana y para mí, nuestra madre era simplemente mamá y aunque oyéramos a otras hijas mencionar a su madre, la nuestra era la nuestra y no había discusión: mamá era mamá.

Mamà
Mamà. Foto del álbum familiar de las hermanas Cardona Gamio.

Mamá nació en 1912, un año muy significativo entonces y más todavía ahora que celebra su centenario con la amenaza del fin del mundo para el próximo mes de diciembre, según la profecía maya. Pero hay más.

Mamá nació el 22 de abril, un mes lleno de efemérides sonadas de imborrable recuerdo, la del hundimiento del Titanic es una de ellas, el 15 de abril, la otra el fallecimiento de Bram Stoker el 20 de abril del mismo año.

Casualidades, sin duda alguna pero sonadas. La gente desconocida puede nacer entre fechas célebres, o alrededor de ellas y las efemérides marcan esos eventos mientras que la existencia del ciudadano se desliza como una sombra furtiva entre ellos. Son vidas reales pero como nadie sabe de ellas es igual que si nunca hubieran sido, y cuando la persona desaparece es lo mismo como si jamás hubiera estado, menos para los suyos, que aún conservan sus recuerdos, sus pequeñas obras, en el caso de mamá, labores de costura, de punto y de ganchillo que acompañan como una presencia muda llena de imágenes desvanecidas, de fechas señaladas o no, de días que se fueron para no volver.

(Buscando efemérides destacadas sobre el día 22 de abril, concretamente buscando a personas que hubieran nacido ese mismo día encontré la de Henry Fielding, 22.4.1707, y la de María Zambrano 22.4.1904, pero lo sorprendente fue hallar el nombre de Kathleen Ferrier, nacida el 22 de abril de 1912, una famosa contralto británica que se casó, igual que mamá, el mismo año que ella, y como se adjuntaba fotografía descubrí con sorpresa un razonable parecido físico entre ambas. Mamá también tenía una voz muy bonita cantando y le gustaba mucho la música, pero en todos estos paralelismos acaba el parecido; Ferrier nunca tuvo hijos y murió muy joven a los 41 años).

A mamá le atraía, le fascinaba y le aterrorizaba el mar, no la playa, sino el mar, alta mar, sobre todo cuando oía hablar de naufragios, y en ocasiones, bromeando, decía que ella debía ser la reencarnación de una de las víctimas del Titanic, pero lo decía como el que juega, sin auténtico convencimiento, más bien era una fantasía. Mamá tenía imaginación pero nunca escribió ninguna novela, mamá creía en Dios pero no era religiosa al uso. Bodas, bautizos, comuniones y entierros constituían sus únicas visitas a la iglesia, sin embargo, por paradójico que resulte, profesaba una gran devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro, lámina grande enmarcada a la que ella le ponía siempre flores, eso sin olvidar a San Martín de Porres, cuya imagen no faltaba en su mesilla de noche.

Me gustaría contar una anécdota que tal vez pueda describir su forma de ser en cuestión de creencias, no para que alguien la comprenda ya que a nadie ha de rendir cuentas de su forma de ser, sino para que se sepa como era.

Años después de que falleciera papá, un domingo que fuimos de excursión a la montaña con varios amigos, a un bosque muy característico de Catalunya y cuyo nombre no recuerdo ahora. Luego de comer, mesa y taburetes de campo, una pequeña mariposa azul, vino revoloteando hasta posarse en la mano de mamá, y allí se quedó sobre su dedo índice batiendo suavemente las alas muy tranquila y sin intención de marcharse. Todos contemplábamos la escena sorprendidos y mamá como fascinada, de pronto mamá dijo: es el alma de mi marido que ha venido a estar con nosotras, y al cabo de cinco minutos, la mariposita alzó el vuelo y desapareció.

Ya sé que para muchos esta anécdota puede resultar intrascendente o tonta, una reflexión vacía de sentido, pero yo la encuentro muy poética y ya entonces me hizo pensar en aquellas creencias paganas que representaban el alma bajo el aspecto de una mariposa. Yo lo sabía pero mamá no y encontré curioso el hecho de la comparación. Una breve mariposita azul que ascendió entre los árboles de tronco delgado y altas copas de verde oscuridad.

Nuestros amigos, muy bien educados ellos, pusieron cara de circunstancias pero no se rieron e incluso siguieron el vuelo errático de la mariposa hasta que se perdió de vista, algo tan pequeño y tan frágil a merced del picotazo de cualquier ave, una pequeña alma azul que volaba hacia la luz del sol, aquellos famosos rayos de los cuadros que parecen escaleras hacia el cielo.

Hoy se cumple el centenario de su nacimiento dentro de un año cuajado de incógnitas y, según los mayas, decisivo, no podía ser menos tratándose de mamá.

© 2012 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en ccgediciones.com el 22 de abril de 2012

Dos genios de la literatura

Conmemorando el 400 aniversario del fallecimiento de los ilustres autores, Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra, fue de origen gallego, naciendo en Alcalá de Henares hijo de Rodrigo Cervantes y de Leonor de Cortinas, se supone que el 29 de septiembre del año 1547 —porque era y a veces aún es costumbre, imponer el santo del día al recién nacido—, bautizándosele el 9 de octubre del mismo año en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares.

De buena familia, su abuelo paterno era licenciado y abogado de la Inquisición, el pequeño Miguel a la edad de cuatro años cambió de residencia junto con sus padres y hermanos, ya que todos se trasladaron a Valladolid en donde les fue tan mal, con el encarcelamiento del padre por deudas, que vivieron posteriormente en Córdoba y Sevilla hasta que, en 1566, se aposentaron en Madrid.

En Madrid, Cervantes cursó estudios que todavía en la actualidad se ignora si fueron universitarios, lo que se sabe, es que tuvo por profesor al catedrático de gramática Juan López de Hoyos.

Pero no todo era cultura en la vida de Cervantes, ya que en 1569 se le quiso prender por orden real acusado de un duelo contra un cortesano distinguido, condenándosele por dicho encuentro, a que se le fuese cercenada la mano derecha y al destierro. Sentencia que afortunadamente no se cumplió ya que Cervantes se hallaba en Roma por aquellas fechas, precisamente en busca de protectores a causa del lance.

Solventado este peliagudo asunto, Cervantes se enrola, el año 1571, en el ejército y más tarde lo hace en la armada en una de las galeras que manda el marqués de Santa Cruz.

La batalla de Lepanto tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 y en ella ya es sabido que participó Miguel de Cervantes con un gran heroísmo pues hallándose enfermo con fiebre, desestimó el consejo de no pelear prefiriendo entrar en combate y morir gloriosamente, a quedarse a salvo bajo cubierta de la nave Marquesa.

De resultas de su intervención en la contienda fue herido en el pecho de un arcabuzazo y en la mano izquierda, premiado su arrojo, por don Juan de Austria, con un incremento en su soldada —para ser sinceros, mínimo.

De resultas de esta batalla, Cervantes quedó con su mano inutilizada de por vida aunque no la perdiera como afirma la leyenda. No obstante continuó con su existencia de marino castrense y regresaba a España el 26 de septiembre de 1575, cuando, próximo a las costas catalanas cayó preso, junto con su hermano Rodrigo que también era soldado, de un temible corsario, jefe de una flotilla turca.

En el mercado de Argel, Cervantes fue vendido en calidad de esclavo a otro corsario, permaneciendo prisionero en esas tierras durante cinco años.

En enero de 1576, Miguel de Cervantes y otros cautivos entre los que estaba su hermano, realizan un intento de fuga fallido.

Sus padres intentan rescatarlos empeñándose con usureros, sin embargo, lo único que consiguen reunir sólo basta para uno y Cervantes renuncia a su libertad por la de su hermano. Pero entre ambos habían ideado ya un plan que permitiría escapar posteriormente a Miguel y a catorce o quince cautivos más.

Nuevamente falla el proyecto y Cervantes es otra vez recluido en prisión.

En marzo de 1578 intenta de otra vez escapar, con los mismos resultados y en mayo de 1580 tiene lugar el cuarto y último intento de huída frustrado.

Finalmente es obtenido su rescate el 19 de septiembre de 1580, gracias a la intervención de los frailes trinitarios recolectando éstos, de los mercaderes cristianos, el dinero necesario que les faltaba; se pedían 500 escudos por Cervantes y su familia sólo había podido reunir 300.

Regresó, pues, Cervantes a España ya con 33 años, llegando a Madrid en donde el panorama familiar no podía ser más desolador: su padre anciano y sordo y la familia prácticamente arruinada a causa del rescate de los dos hermanos, conque marchó a Portugal en mayo de 1581 en donde estaba la corte española y se le encomendó una misión en Orán.

Después de esto, Miguel intenta por todos los medios conseguir un destino en América, que no obtiene al no haber vacantes, o al menos esa es la excusa que se le da.

En febrero de 1582 comienza a escribir la novela pastoril La Galatea. De 1582 a 1583 tiene amores con una mujer casada y una hija con ella de nombre Isabel de Saavedra.

En 1584 entra en contacto con un editor de la época, conocido como mercader de libros, Blas de Robles, que por 1336 reales imprime La Galatea, y ese mismo año contrae matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios que reside en Esquivias.

En 1585 ve publicada La Galatea y desde este año hasta 1605 que es cuando Juan de la Cuesta imprime en Madrid, Don Quijote de la Mancha, malviven Miguel de Cervantes y su familia entre los variados, y no muy afortunados, trabajos de éste, que en un par de ocasiones le llevaron a la cárcel, y no por delito propio ya que finalmente resplandeció su inocencia.

En aquella época viajó bastante, primero por Andalucía y luego fijando su residencia en Sevilla y más tarde en Valladolid.

El Quijote, contra todo pronóstico, tuvo un gran éxito convirtiéndose en el best-séller del momento, hasta el punto que en las fiestas que se celebraron en Valladolid en honor del recién nacido príncipe que luego sería Felipe IV, se representaron entremeses en los que salían don Quijote y Sancho.

Trasladándose la corte en 1606 a Madrid, Cervantes la sigue, escoltado por su familia —todo mujeres entre esposa, hermanas, sobrina e hija natural, recogida por él al quedar huérfana de madre.

En estos años madrileños se casa su hija Isabel, le hace abuelo, enviuda, vuelve a contraer nupcias, y mueren dos hermanas del escritor.

En 1610, de junio a septiembre, se traslada él solo a Barcelona para conseguir integrarse en la corte del virrey de Nápoles, el conde de Lemos, en donde eran muy apreciados los escritores, pero se le hicieron promesas que luego no se concretaron.

Cervantes sigue escribiendo y ahí tenemos entre 1613 y 1617 sus Novelas Ejemplares, Viaje al Parnaso, la parte segunda del Quijote —motivada por el apócrifo Quijote de Avellaneda—, Comedias y entremeses y su obra póstuma —hay quien asegura que mucho mejor que Don Quijote—, Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Enfermo de muerte, pero con gran lucidez mental, aún dedica Los trabajos… al conde de Lemos, y concluye el prólogo del mismo libro.

Y el año 1616, el 22 de abril, fallece Miguel de Cervantes, confortado por su esposa y una sobrina, después de larga y azarosa existencia.

(A señalar una curiosa anécdota que llena de confusión la fecha del óbito de Cervantes, al incurrirse en el error de creer que falleció el 23, fecha ésta en la que se afirma que murió William Shackespeare —porque también se dice que lo hizo el 24—. Lo singular del caso es que, día más arriba, día más abajo, ambos ilustres autores dejaron este mundo el mismo mes y año).

Miguel de Cervantes Saavedra murió en la más absoluta pobreza, y de su entierro, amortajado el cuerpo con hábito franciscano, fue responsable la Venerable Orden Tercera, enterrándoselo en el Convento de las Trinitarias Descalzas.

De Don Quijote de la Mancha se han realizado numerosas traducciones desde su primera publicación, eso ya es sabido, traducciones en todos los idiomas pero la que en el momento de escribir estas líneas —septiembre del 2002—, podríamos decir que es la última, pertenece a Josep Maria Casasayas, abogado mallorquín, que a lo largo de cuarenta años ha estado traduciendo el Quijote al catalán mallorquín y sus diversos dialectos, variando también el escenario de la Mancha por las islas Baleares, lo que no ha sufrido transformación, como es lógico, es el argumento ni los nombres de los personajes.

Hazaña quijotesca en verdad y muy digna de alabanza, que ya requería se cristalizara en la traducción íntegra al catalán de esta obra universal, con cuyo comienzo cerramos la presente mini biografía:

“A un llogaret de la Manxa, del nom del qual no vui recordar-me, no hi fa gaire que hi vivia un cavaller d’aquells de llança a la llancera, darga del temps del avis, cavall magre i cussa eivissenca. L’olla més plena de vaca que de mè, carn picada quasi cada vespre, greixonera de peu de porc els dissabtes, llenties els divendres…”

© 2002 Estrella Cardona Gamio

 

William Shakespeare

William Shakespeare nació el 23 de abril de 1564 en Stratford-upon-Avon, Inglaterra, siendo el tercer hijo de los ocho que tuvieron sus padres Mary y John.

De Shakespeare, dado que de siempre se ha tenido por norma envolver su existencia en las brumas del misterio (desde llegar a decirse que tal nombre era el seudónimo de otros a soltar el disparate de que en realidad se llamaba Guillermo Sánchez Pérez y era, lógicamente, de origen español, disparate al que ha venido a unirse el último, que adjudica a Shakespeare la nacionalidad italiana), de ese genial bardo del Avon, del cual nos confesamos impenitentes admiradoras, se sabe lo suficiente, además, existen retratos en los que el parecido continúa a través de los años confirmando el hecho de su existencia en una Inglaterra Isabelina en la cual vino a este mundo.

Shakespeare tuvo una infancia a la que no podemos llamar infeliz precisamente, ya que su padre, comerciante, era persona acomodada, y así el niño William pudo ir a la escuela estudiando latín y a los clásicos.

Enseñanzas que le impulsarían a escribir versos y, mucho más tarde, obras teatrales, aunque antes tenían que acontecer otros hechos en su vida, bastante decisivos para él, por ejemplo, el contraer matrimonio muy joven, a los 18 años, con una mujer de 26 que iba para solterona, Anne Hathaway, y con la cual tuvo tres hijos.

Arribados a este punto hemos de puntualizar que si Shakespeare se casó, siendo menor de edad, lo hizo ya que había dejado embarazada a su novia, y en un delicado momento familiar puesto que a su padre le empezaban a ir mal los asuntos.

Lo que significa que semejante boda escasa dicha tuvo que darle a su progenitor, de quien William era dependiente económico al colaborar en el negocio paterno, una guantería, ya que el joven aportaba nuera y futuro nieto al clan familiar, ahora en precaria situación.

A los seis meses, nace su hija Susana y dos años más tarde, Anne da a luz a los gemelos Hamnet y Judith.

Pero a Shakespeare no le atrae demasiado la vida hogareña, y un buen día, nada venturoso para quienes deja atrás, el futuro autor teatral se marcha a Londres dispuesto a hacer fortuna como escritor.

Se ha dicho también de William Shakespeare que era homosexual, tal vez ello tuviese que ver con su abandono repentino de mujer e hijos, tomando por excusa una carrera literaria incomprendida; sin meternos en este aspecto de su personalidad ya que no es de nuestra incumbencia, podríamos suponer que el dramaturgo en ciernes sentíase ahogado por una existencia monótona y aburrida que fue la que le hizo despegar del pueblo a la gran ciudad de entonces que era Londres, sin lugar a dudas, la capital del mundo de su época, ya que Gran Bretaña se estaba haciendo con una supremacía que hasta muy poco tiempo había ostentado el imperio español.

En la capital inglesa, Shakespeare entra a trabajar como actor en una compóañía teatral llamada de la Reina, ya que ésta protegía las artes, tanto para ganarse el sustento como para aprender, desde dentro, el oficio, y durante varios años trabaja incansable actuando y escribiendo, hasta que finalmente comienza a despuntar y a ser conocido.

En 1592, se declara una terrible epidemia de peste en Londres y se cierran los teatros. Durante dos años, entonces, mal vive, en plan escénico, como todos, pero escribe, entre otras, La comedia de las equivocaciones y Trabajos de amor perdidos, asimismo regresa al campo, esporádicamente, con su esposa e hijos y demás familia, aunque esto no significa que no hubiese tenido relación con ellos en cinco años.

Vuelve, ayuda a su padre que de nuevo se halla apurado económicamente, ya que él es ahora un autor cotizado, y se busca mecenas en la figura del conde de Southampton, lo que más tarde dará lugar a entredichos y especulaciones sobre la relación que les unió, cuando que en aquella época el mecenazgo constituía una necesidad obligada si se quería sobrevivir en el ambiente artístico.

Después de la peste, corrieron malos tiempos para las compañías teatrales, se hundieron bastantes arruinadas siendo la de la Reina una de ellas, y entre las que no desaparecieron, estaba la del Chambelán, así llamada por patrocinarla lord Hunsdon, camarlengo mayor de la corte y el encargado de los asuntos teatrales; huelga decir que Shakespeare ingresó en esta compañía.

A los 30 años, pues, William Shakespeare se encuentra a punto de dar por concluida la primera etapa de su carrera, iniciando la segunda que iba a estar jalonada de obras inmortales: Romeo y Julieta, Ricardo II, El sueño de una noche de Verano, El mercader de Venecia y un larguísimo y brillante etc., de todos más que sabido.

Al éxito acompaña la prosperidad y en 1597, se compra una casa, New Place en su pueblo natal, pero en su vida familiar atraviesa unos momentos ingratos: muere su único hijo varón, Hamnet, a los 9 años de edad, cinco más tarde, su padre y más o menos en aquella época, la revolución encabezada por el conde de Essex contra la reina, enreda de forma indirecta a la Compañía del Chambelán, que finalmente se ve absuelta de los cargos, ya que se prueba su inocencia.

En 1603 sube al trono Jacobo I tras la muerte de la Reina Virgen, y la Compañía del Chambelán cambia su nombre por el de los Hombres del Rey.

Colmado de honores, respetado y aclamado, William Shakespeare, ve discurrir su vida hasta el final: casa a su hija Susana, resulta inmune a otra epidemia de peste, la del año 1609, y en 1616, habiendo casado en febrero a su otra hija Judith, fallece Shakespeare en Stratford-upon-Avon, a los 52 años de edad al parecer de unas fiebres, según unos, según otros de una pulmonía, y, o el mismo día de su cumpleaños, o al siguiente.

Anne Hathaway, la viuda, le sobrevivió.

No podemos asegurar que William Shakespeare fuese un marido modelo, pero tampoco que se despreocupara de su familia yendo de tanto en tanto a verles. En realidad, solo permaneció alejado de ellos el tiempo que duraron sus primeros años en la capital trabajando como actor y autor teatral, pero después, cuando comienza a convertirse en un dramaturgo famoso, vuelve la espalda a Londres, y es en Stratford-upon-Avon en donde reside hasta el final de su existencia.

© 2000 Estrella Cardona Gamio

 

Ambas biografías publicadas en ccgediciones.com

El lobo en la literatura

El domingo 13 de marzo la prensa se ha hecho eco de una gran manifestación en Madrid contraria al exterminio sistemático del lobo que hace ya tiempo se está llevando en el país. El cuento del lobo feroz aún perdura en nuestro subconsciente y su mala prensa también, pero, ¿es razonable esa batalla?

Lástima que ya no esté entre nosotros Rodríguez de La Fuente.

Hay mucho que hablar sobre el lobo, en su defensa quiero decir, no justificándole sino diciendo la verdad, el lobo no es una bestia sedienta de sangre, pero necesita comer igual que nosotros, y podría hacerlo si los cazadores no diezmaran los bosques dejándole sin su alimento natural.

Entre sus muchos detractores nos encontramos con un sector de la literatura que siempre le ha hecho mala publicidad pintándole como a un monstruo sediento de sangre y el ejemplo más flagrante lo tenemos en Caperucita Roja.

De pequeña lloraba cuando llegaba al final de la historia, hasta que descubrí la versión de los hermanos Grimm, en la que se cambia un final cruel por otro que no lo es menos.

Sí, lo reconozco, yo pasé mi infancia en el culto al miedo que inspiraba el terrible lobo devorador de niñas, y como yo muchas criaturas, fue nuestro caldo de cultivo en contra del lobo.

Años después descubrí otra versión que me llenó de sorpresa y fue cuando leí El libro de la selva de Rudyard Kipling, en donde Mowgli es todo lo contrario de Caperucita Roja, o sea el niño al que salvan protegen y alimentan los lobos convirtiéndole en uno más de la manada al ser adoptado por ellos, Claro, se dirán muchos, literatura, pues no señores, no, de literatura nada. En España, salió en televisión un caso, de esto no hace muchos años, en el que un señor contaba su propia experiencia personal: vendido por su padre a los 7 años. Se escapó del hombre que le hacía trabajar, huyendo al monte en el que vivían los lobos… quienes le acogieron como uno más compartiendo con él su comida y protegiéndole. A este señor que no le hablen mal de los lobos.

Esta historia demuestra como el lobo no es la bestia ávida de sangre que siempre nos han hecho creer.

Y siguiendo con la literatura os recuerdo que Rubén Darío, escribió un bellísimo poema, Los motivos del lobo, en él Francisco de Asís y el Lobo de Gubbia, un clásico lobo feroz, tienen un encuentro memorable y digno de ser leído por lo que revela en una sorprendente moraleja.

No puedo concluir estas líneas sin hacer otra mención a Félix Rodríguez de La Fuente cuyas hijas crecieron prácticamente en compañía de lobos demostrando con ello lo que nadie hasta entonces hubiera creído posible. 

Encuentro

El caminante se acercó al hombre que pintaba bajo el sol del medio día. Era una mañana de verano, del mes de julio, y hacía calor pese a que se arremolinaban nubes oscuras precursoras de lluvia, demasiado para ir a pie, destocado y vistiendo ropas inapropiadas para la estación, manga larga, cuello cerrado, y por completo anacrónico, todo ello en tejido más bien grueso aunque desgastado por el uso, además su calzado tampoco era apto para andar por el campo, lo que quizá justificase el paso inseguro del que no está acostumbrado a caminar así en medio de la naturaleza con sus terrenos desiguales, sus piedras, los arbustos y las altas hierbas silvestres, que, algunas siendo cizaña, fingen ser espigas de trigo para confundir.

El hombre que pintaba sí iba pertrechado para la ocasión; pero no llevaba una blusa sino una especie de chaqueta de destajero, y, acostumbrado por su trabajo al aire libre, se cubría la cabeza con un sombrero de paja descolorido por muchos soles pasados, sobre el suelo junto al pintor, reposaba un viejo capacho lleno de cosas de lo más heterogéneo, y él estaba tan absorto en su tarea que no se dio cuenta de la presencia del caminante hasta que lo tuvo en frente obstaculizándole la visión.

Entonces el pintor, colérico ante aquella mancha ahusada y oscura, que rompía la línea horizontal de un paisaje dorado por las mieses bajo el denso cielo azul al que parecían adherirse las lejanas nubes de tormenta, exclamó:

—¡Eh, usted, apártese! ¿Es que no ve lo que estoy haciendo?

Al hablar había levantado la cabeza bruscamente y el intruso pudo descubrir un rostro en el que brillaban dos pequeños ojos azules, nerviosos, más bien frenéticos, hundidos bajo los arcos de unas espesas cejas rojas que hacían juego con la barba y el bigote sobre una piel blanca de esas que nunca se pondrían morenas aunque toda la vida permaneciesen expuestas a la intemperie.

El timbre de la voz del pintor correspondía al frenesí de su mirada y al espasmo nervioso del cuerpo cuando fue sacudido por la violencia con que pronunciara aquellas palabras. Parecía un muelle a punto de dispararse, y el caminante se echó hacia un lado con presteza, no por miedo, porque cobarde no era, sino mohíno de haber quebrado el paisaje durante unos segundos al interrumpir al artista en su tarea.

El estampido de la voz había sonado como un disparo y también la quietud de la mañana se vio alterada momentáneamente, una mañana que se deslizaba perezosa entre zumbidos de insectos, espantando a ciertos pájaros oscuros que súbitamente volaron entre graznidos.

—¡Peste de cuervos! —barbotó el hombre que pintaba, y, furioso, introdujo rápidamente su mano en un bolsillo como si buscara algo en concreto, ¿tal vez una pistola?, pero, cambiando de idea con la misma rapidez, se inclinó para agarrar un pedrusco del suelo que lanzó al aire, en dirección a los pájaros; sabiendo de antemano que no le iba a dar a ninguno.

—Aves de mal agüero —observó el caminante, con inequívoco acento extranjero, santiguándose—, paréceme que alguna carroña o animal moribundo no debe andarse muy lejano…

El pintor, apaciguado de pronto como si el hecho de haber arrojado la piedra se hubiera llevado su mal humor, contempló con otros ojos al caminante, descubriendo ante sí, y bajo el sol que se hallaba en su cenit, a un hombre mayor que semejaba carecer de sombra al desplomarse la luz verticalmente encima de su cuerpo, un hombre cuyas viejas ropas estaban raídas, y a quién, además, le faltaba la mano izquierda. Poseía un rostro interesante, consumido, largo, de barba afilada, cabellos bien peinados, ojos inteligentes, pero no existían los colores fuertes y contrastados; todo él era como grisáceo, su persona, y las facciones pálidas, amarillentas, con la sombra de la barba de un verde veronés tenue, o, mejor aún, azul de prusia como difuminado, ¿quizá violeta?; de haberle tomado como modelo habría preferido dibujarle a caña y lápiz antes que pintarlo, ya que evocaba habitaciones apenas iluminadas por ventanucos cercanos al tejado, o, en todo caso, piezas oscuras alumbradas por antiguos candiles de aceite. Luego, lo que le sedujo también, fue, el que pese a su ostensible pobreza, el desconocido no había perdido la dignidad del porte.

—¿Viene de muy lejos? —preguntó súbitamente dulcificado.

—En ello estoy harto tiempo hace y aún no creo haber encontrado el camino debido.

—¿Y quién lo encuentra? —masculló el otro— Yo soy pintor, toda una vida pintando y pintando y pintando, amarillo de cromo, verde veronés, azul cobalto, azul ultramar, prusia, mina anaranjado, carmín, bermellón, laca geranio, blanco de plata, blanco de zinc, verde esmeralda… ¡Malditos colores, parece que su lenguaje sólo lo entienden ellos! ¡Quiero encontrar el amarillo del sol, quiero mirar el sol de frente para arrancarle su secreto y ponerlo en mis cuadros, pero el sol, esa bola inflamada, huye constantemente, día tras día y no se deja capturar nunca! ¡Es una desbordante espiral dorada…, dorada como los campos de trigo, mírelos, ahí están, mares de tranquilidad ahora que no sopla el vendaval, pero también guardan su secreto!… ¡La pureza del amarillo, que no es la pureza del blanco; la pureza del blanco es la locura, la noche estrellada que te arrastra en su torbellino, la pureza del amarillo es Dios, por eso resulta inalcanzable arrancarle ese misterio que es el de la Creación, el de la Vida!

El otro le miraba sin comprenderle muy bien; sus palabras le sonaban a herejía y la conducta del artista, pintando allí mismo al descubierto, no dejaba de extrañarle, ya que hasta el momento nadie en la corte habíalo hecho y él lo hallaba revolucionario y por revolucionario, inquietante, mas a aquel hombre no parecía preocuparle gran cosa lo que pudieran pensar de él las gentes y ello revelaba muy poca cordura. Además era pelirrojo, como se afirma lo son las brujas auténticas… y el diablo cuando se disfraza de hombre, que algún sello ha de conservar para no ser igual que todos. El caminante se inquietó, tanto andar sin tropezarse con nadie durante leguas y ahora, al que topaba más le valiera no haberlo encontrado nunca, carne de hoguera si algún otro escuchaba unas palabras tales e iba de correveidile con el cuento a la Inquisición.

—¿Por qué no se sienta?; parece estar cansado.

El caminante miró en torno suyo vacilante; allí no había ni un mal banco de piedra ni tronco caído que le ofreciesen acomodo alguno y ciertamente sentarse en el santo suelo no resultaba muy de su gusto, máxime cuando ya iba bastante cubierto de polvo de tanto andar. El otro se dio cuenta de su reticencia y le dijo tranquilamente:

—Siéntese junto al capacho, ahí el terreno está desbrozado y la tierra es limpia, no mancha, se puede sacudir después. El caminante contempló absorto el capacho, era de un amarillo sucio indescriptible y sobre la tierra roja ofrecía un inesperado contraste, igual que un perro rubio sin amo que estuviera descansando a la escasa sombra ondulante del trigal. Se veía que por aquellos andurriales, el sendero que le condujese hasta allí entre los campos a punto de siega, la tierra era bermeja y con apariencia de cosa viva, no como las del mismo color, y sedientas, de las áridas mesetarias de donde provenía.

El pintor le miró con pupila crítica, un poco de reojo igual que hacen los gallos cuando advierten algo que les sorprende o de lo que desconfían.

—No se lo piense tanto, buen hombre; debe de estar usted cansado y yo no puedo invitarle a otra cosa mejor ya que mi silla la necesito para pintar.

El caminante sonrió con timidez.

—Vuesa merced es muy generoso, al ofrecerme cuanto buenamente se le alcanza y pues su licencia me concede, tomaré asiento.

El hombre que pintaba le miró ahora con curiosidad, como si de repente se diera cuenta de que allí había otra persona que no era él mismo y con la que podía hablar aunque se expresase de una forma tan extraña.

—¿Hacia dónde se dirige? —quiso saber.

—Busco a alguien… El otro le interrumpió:

—Si me dice donde vive esa persona, el pueblo, tal vez pueda ayudarle.

—Va de un lado para otro sin otro norte que su empeño y falto de residencia a la que pudiérasele dar el nombre de fija.

El pintor creyó haber dado con la clave al oír aquello.

—¿Pertenece a la misma compañía?

—¿A la mesma compañía? —repitió su interlocutor sorprendido.

—Sí, de cómicos ambulantes —y el artista subrayó sus palabras dedicando una expresiva mirada a las ropas del caminante. Éste tardó unos segundos en captar la idea, luego se ruborizó intensamente.

—El hado es caprichoso pero ello no os autoriza a menospreciarme por este mi aspecto con el cual le plugo a la madrastra fortuna hacerme dádiva. Vos sois un artista pintor harto peregrino en vuestra industria y así yo no os juzgo por el hecho de que no dispongáis de dineros para alquilar un taller ni me mofo de vuestra desventura ya que de manera fehaciente se demuestra que hasta carecéis de mecenas cortesano que os proteja.

El otro, sorprendentemente, no se enfadó. Había entrecerrado los párpados hasta convertir sus ojos en dos rendijas como si evaluase de lejos la perspectiva de un paisaje. Cuando él estuvo en el manicomio, y de eso no hacía demasiado tiempo, había podido estudiar muchos tipos de locura, incluyendo la suya propia analizada carta a carta en las que enviase a su hermano en los momentos de lucidez que le dejaban las crisis, y por ello no le cupo la más mínima duda de que el estrafalario individuo era un pobre lunático recién huido de algún hospital; su ridículo lenguaje arcaico, el burdo disfraz de sus ropas imitación risible de otra época, así lo atestiguaban ya que, según parecía, no se trataba de ningún cómico errante. Y sintió pena, porque, a pesar de su mal carácter, era un hombre de buen corazón y además se identificaba con el desconocido, por lo que decidió entonces seguirle la corriente.

—En ningún momento me he burlado; por estos pueblos suelen aparecer cómicos y al decirme que buscaba a alguien que no tiene paradero fijo, he creído… En cuanto a lo del mecenas, tengo uno, mi hermano…

El caminante, que aún continuaba de pie, contemporizó.

—Persona desahogada habrá que suponerle.

—No tanto como él desearía, pues ha vivido siempre pobre por darme de comer, pero yo devolveré el dinero o entregaré el alma.

Se quedaron unos instantes en silencio, y después el desconocido, que había permanecido hasta el momento detrás del cuadro, se situó delante para contemplarlo.

—¡Pardiez, señor pintor, nunca vieran mis ojos colores tamaños en osadía como los expuestos! ¿Quién fue vuestro maestro?

Aquello sí que molestó al artista.

—Cada uno pinta como quiere —masculló ensombreciéndosele el rostro; no era cuestión de ponerse a discutir con otro loco, pero le hirió profundamente la observación. ¿Encontraría alguna vez a alguien que no criticase su pintura, a excepción, claro está, del joven Albert Aurier, quien por otra parte más que halagarle le incomodara con su verbo ampuloso?

El otro, pese a su aparente locura, se dio cuenta de que había cometido un error al decir irreflexivamente lo que pensaba.

—Disculpadme, os lo ruego, he pecado de necio e imprudente; puesto que bien decís, cada uno se expresa a través de su arte según Dios le dio a entender… Yo, como vos, pertenezco al mesmo gremio que tiene el patronazgo de las musas, pues soy escritor y sé lo que cuesta ganarse el pan nuestro de cada día con este oficio cuyo alimento más preciado es la lisonja, ¡y qué en verdad harto escasa resulta porque en ocasiones mayores son las críticas que no los plácemes ya que nunca lloviera a gusto de todos!

El pintor se apaciguó. ¡Con qué un escritor, otro infeliz muerto de hambre, al que la debilidad le había atacado la cabeza! Poco importaba que fuese un buen o mal autor, lo importante es que los dos estaban del mismo lado: angustia, miseria y, en ambos casos, locura.

¿Valía la pena tanto esfuerzo?; mientras estuvo en el manicomio llegó a pensar en irse a la legión en cuanto le dieran el alta, iniciar otra vida, no iba a ser la primera vez; hubo un tiempo en el que quiso ser sacerdote y le rechazaron, ahora era pintor, ¿y mañana, que sería mañana?

—¿Ha conseguido publicar algo? —preguntó mecánicamente.

El otro le contempló con cierta orgullosa altivez.

—En efeto, novelas, motivo de envidia y plagio alguna dellas.

El pintor no le preguntó por los títulos que suponía inexistentes. Sonrió con amabilidad pero distraído lo que le dio alas a su interlocutor para seguir hablando:

—Esta fuera razón por la que me eché a los caminos, no por el plagio, que ya quedó resuelto en su momento con mi ingeniosa venganza hacia quien lo perpetrara, sino por el personaje…

—¿El personaje?

—Sí, pues el personaje se me ha escapado. El pintor le miró confuso.

—Mi caballero de la triste figura se ha fugado del libro, trocando lo imaginario por realidad, y anda errante en el camino de aventura en aventura, siempre las mesmas porque las repite ya que de otro modelo carece, como el asno da vueltas en torno de la noria, sin principio ni fin, por toda la eternidad y la eternidad no conoce desenlace alguno mi señor pintor; no tenéis más que empezar a leer estos libros míos, primera y segunda parte, y en acabando, recomenzar la lectura, que eso lo hacen muchos y así el personaje resucita toda vez que la obra empieza a vivir bajo los ojos del ocioso lector.

—¿De quién habla usted buen hombre? —y el artista pensó: “creía estar muy loco, pero este individuo me gana”.

—¿De quién voy a hablaros?, de Don Quijote, mi criatura, que, como hijo mío que es —hijastro doy en pensar algunas veces—, se ha emancipado del hogar paterno, a la manera que todos lo hacemos cuando dejamos de ser niños, pero mi caballero nació crecido aunque en su demencia singular se haya vuelto joven para huir de mí…

—¿Y usted le busca?

—Sí, le busco para rogalle me permita ir en su compañía y la de Sancho el escudero, que si yo les di la vida, ellos me la han de devolver centuplicada en esa honra que otros les otorgan y de la que sólo yo soy merecedor.

—No entiendo —dijo el pintor frunciendo el ceño irritado.

—Pues sencillo es, ya que no esconde acertijo: nadie se acuerda de mi yéndose todo en cantar las alabanzas de mi criatura, que ella ha cobrado cuerpo y muchos hay que pudieren preguntarse si no es don Alonso Quijano quien escribiera la vida del Ingenioso autor Don Miguel de Cervantes Saavedra… ¿Sabéis de que va el portento?; la razón la habéis de buscar en que él vive y yo estoy muerto, en que él se nutre de mis talentos mientras mis huesos, que por bondad de la Venerable Orden Tercera, recibieran cristiana sepultura en una fosa común del convento de las Trinitarias Descalzas, dispersos, ya no existen puesto que en polvo se convirtieron… ¿Comprendéis ahora, mi señor pintor, comprendéis lo que deseo lograr?

Vincent van Gogh miró aterrado al hombre que decía ser aquel de cuya existencia sabía, y éste era manco como el otro… Le pareció que se contemplaba en un espejo; igual que al Quijote, a ese pobre sujeto se le había sorbido el seso, en su caso de tanto escribir, y ya no razonaba coherentemente, pero, ¿y él?, él tampoco, el alcohol le había destruido el cerebro, dañado de antiguo por la epilepsia hereditaria, esto, unido a la miseria, a la mal nutrición, y se había vuelto loco, pero no con la hermosa locura de Don Quijote, aunque él también, en una época de su vida, hubiera querido salvar al pequeño universo de su entorno, santificar el más mínimo de los actos como el de comer patatas por ejemplo, acoger a las prostitutas —Sorrow, la desdichada Sian, el infinito dolor del mundo, la mujer marcada—, y también le habían molido a palos… Vincent van Gogh sin escudero, o quizá sí, Théo, el pobre, querido y paciente Théo, su hermano, con quien se había peleado últimamente causándole esto más dolor que cualquier otra enfermedad…

¿Viviría él loco y moriría cuerdo a imagen y semejanza de Don Quijote, y aquel desgraciado al que le faltaba una mano, se creía por eso el manco de Lepanto? No es la muerte la que iguala a los hombres, es la locura. El pobre sueña con ser rico, el desairado que le aman, el feo que es hermoso, el enfermo que está sano, y en ese sueño inútil todos consumimos nuestra existencia.

—Yo —pensó Vincent—, sólo he vendido un cuadro en mi vida, Las viñas rojas, un cuadro como tal cuadro, no al ropavejero y a peso en paquetes de a diez, a razón de 50 céntimos hasta un franco cada paquete, todos lienzos míos que ese hombre volvió a vender a otros desdichados artistas para que los repintaran; la miseria llama a la miseria… Théo me ha prestado dinero siempre, me ha mantenido, y a cambio, ¿qué le he dado yo?, únicamente quebraderos de cabeza, a él y a su excelente esposa, mi infeliz cuñada… ¡Si algún día soy famoso, si algún día se venden mis cuadros a precio suficientemente elevado como para resarcir tanto gasto, tanto dinero tirado sin ningún beneficio, al menos podré devolverle a mi hermano cuanto en mí invirtió, y quizá un poco más, que las ventas pudieran crearle una pequeña renta de por vida!…

¡Pero no, ese día nunca llegará, nunca y mis cuadros acabarán en el almacén de un trapero, Los Girasoles, Los Lirios…, sin que nadie sepa apreciarlos, sin que nadie los contemple con admiración, sin que nadie haya pagado un céntimo por ellos ya que sólo valen la pintura con la que se les creo!… ¡Y Gauguin que en uno de sus disparatados rasgos de humor, soltó que mi retrato de madame Ginoux, La arlesiana, estaría un día en el Louvre!… ¡Absurdo, absurdo!… ¡Todo el esfuerzo perdido, días y noches de sufrimiento, todo perdido para siempre!… Fracasado una vez más… La miseria no acabará nunca… ¡Dentro de cien años, ¿quién podrá recordar que existió un pintor llamado Vincent van Gogh?, nadie, y ya seremos dos del mismo nombre olvidados, igual que si jamás hubiésemos nacido!…

—No estáis escuchándome.

La pausada voz del caminante le devolvió a la realidad.

—Le escucho, sí, pero pensaba al mismo tiempo.

—¿Y en que se iban las cavilaciones de vuesa merced?

—En mi vida, en lo que he hecho y en lo que no he conseguido hacer; he trabajado demasiado y no tengo nada, he amado y sólo he recibido el desprecio, se han burlado de mí, o me han dicho: ¡jamás, no, jamás!, eso dos mujeres diferentes, quise ser misionero, llevar la palabra del evangelio hasta el fondo de las minas y fracasé, soy pintor y sólo amaso miseria y por ello condeno a quienes me ayudan a conocerla también, vivo de prestado y no puedo pagar…

—¡Qué me vais a contar si esta canción me es harto conocida, mi señor pintor!; yo escribía para comer, como siempre trabajé en lo que se me ofrecía, sin importarme llegar a recaudar impuestos a las gentes miserables, escribí perseguido por el tiempo, con angustias y las deudas esperándome a la puerta de mi casa cual indeseado huésped… De mi casa, cuya honorabilidad viose en entredicho por las lenguas maledicientes y envidiosas que tenían en ese bellaco de Avellaneda su estandarte, sostenidas en pretendida razón a través de aquellas viles calumnias suyas acerca de que los maridos engañados se fortifican en el castillo de San Cervantes, ¡pues llegóseme a acusar desta suerte de que vivía de las mujeres de mi familia, mis hermanas, hijas y sobrina, complacientes en exceso con galantes protectores; las Cervantas, las llamaban, como aquel quien dijera barraganas!… ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!… ¿No es triste e injusto?… Porque aunque verdad hubiere en ello, de nadie fuera incumbencia más que nuestra… A vos no os han amado, a mí me han tildado de cornudo consentido… teniendo yo por ideal una Dulcinea que regalé a mi Don Quijote y a cuya imposibilidad de ser humana convertí en el ideal de un loco… ¿No creéis, mi señor pintor, que entrambas vidas muestran ciertos paralelismos?

—Pero usted llegó a vivir de lo que escribía…

—Sí, lo mesmo que el galeote rema para que le arrojen una escudilla al banco en donde permanece encadenado a perpetuidad; ese es su estipendio y tal fuera el mío con la desesperación de ver que no se me alcanzaba nunca a cubrir las necesidades imperiosas que reclama el mantener sin ahogo una familia… Sí, es cierto, conocí el renombre y la alabanza, dediqué mis obras al rey y a los duques y en la miseria abandoné este mundo no dejando otra herencia que la de un noble hidalgo que vivió las más grandes aventuras sin estar en sus cabales… Y ved ahí que él sigue gloriosamente la andadura que yo no conocí jamás, pues desde entonces cada cien años se le agasaja en el aniversario de su aparición, honrándosele en demasía hasta el punto de menguarse mi recuerdo suplantado por su presencia… Se comentan sus hechos, sus palabras, ¿y los míos, es que no existieron, acaso permanecerán empalidecidos siempre por hazañas inventadas, es que mi existencia no fue más importante al ser real?; en mi tierra sufrí persecuciones y cárcel, combatí en Lepanto, perdí aquesta mano, estuve preso y fui esclavo en Argel, pretendí huir, y cuatro fueron las ocasiones en que lo intenté, pues era capturado una y otra vez, y la historia de mi rescate podría llenar varios tomos… ¡Condición extraña la del autor que puede envidiar aquello que ha creado, y desear, cual nuevo Saturno, devorar a sus propios hijos para que éstos no le usurpen el trono, pues los grandes de la Tierra no tendrían empacho en sentar a su mesa a Don Quijote en tanto rehusarían hacello con don Miguel, un simple y mísero artesano escritor!…

Vincent le contempló con aquellos ojos que no miraban nada, pero que lo abrazaban todo y parecían perderse en el infinito, y su expresión se enturbió. Volvía a sentir la sensación del espejo y ese reflejo le aterraba al evocarle muchos recuerdos inquietantes, sus delirios, los doctores a los que él recordaba llamándoles siempre “señor”, señor Peyron, señor Rey, señor Gachet… La sala del hospital de Arles, el vestíbulo del manicomio de Saint-Remy, aquel cuadro de pesadilla con la Rueda de presos dando vueltas en círculo, figuras gris verdosas, amarillentas, desfilando sobre un fondo gris verdoso, amarillento, por siempre perdidas en su mundo sin salida —el asno tras la zanahoria—, huestes entre las que él, Vincent van Gogh se contaba sin estar presente, ¿o era su hermano fallecido a poco de nacer, el primer Vincent van Gogh, llevando una existencia de fantasma, espíritu sin cuerpo, alma en pena, un muerto que exigía vivir como el extraviado en el desierto anhela el agua?

Algo vino a nublarle la razón en esos momentos cruciales que cíclicamente se repetían cada tres meses después de una última crisis. No hacía mucho se había peleado desconsideradamente con su hermano y su cuñada, furioso por esa misma causa, y con anterioridad… Con anterioridad fue Gauguin, Gauguin retratándole como… Fue el propio Vincent quien pronunció las palabras después de contemplar largo rato su propia imagen pintando girasoles: soy yo, pero yo vuelto loco. Y al día siguiente, vigilia de Navidad, Van Gogh quiso apuñalar a Gauguin, pero no lo hizo mutilándose entonces la oreja que luego pretendería obsequiar a una prostituta.

Ahora se sentía igual: soy yo, pero yo vuelto loco.

Don Quijote era un personaje de ficción, un no nacido, y aquel hombre manco que deliraba disfrazado junto a su cuadro en el que los trigales amarillos chillaban bajo un cielo excesivamente azul, presagio de tormenta en el que volaban los cuervos…

Sus autores favoritos eran Balzac, Dickens, Shakespeare, siempre Shakespeare, ¿por qué tenía que atormentarle un loco no nacido de mujer, a través de la boca de otro loco que se creía un escritor desaparecido hacía siglos ya?

Apretó los párpados convulsivamente y la paleta y el pincel temblaron en sus manos, y fue aquel estremecimiento el que le devolvió el equilibrio, como si avanzando por una cuerda floja, repentinamente hubiese perdido el vértigo.

Abrió los ojos de nuevo, y el cuadro estaba allí con la pintura fresca invitándole a que lo concluyese.

La luz del sol le deslumbró al darle de lleno en las pupilas. Desorientado buscó al hombre manco y no lo halló, se incorporó entonces oteando en derredor con angustia,

¿dónde se había metido?

Nada, nadie, no había nadie. Le llamó:

—¡Don Miguel, don Miguel!

Ni siquiera el eco le devolvió su grito.

¿Por qué diablos le había dado semejante nombre?

Tuvo uno de sus arrebatos furiosos, ¿quién se estaba divirtiendo a su costa? Lleno de ira, arrojó al suelo paleta y pinceles, de un golpe se quitó el sombrero de paja, que rodó ligero empujado por la brisa, y, acto seguido hundía convulsivamente el rostro entre las manos; regresaban las alucinaciones, ¡estaba loco, irremisiblemente loco!

Arriba, los cuervos continuaban volando entre graznidos que parecían risotadas de burla.

“¡Nunca más, nunca más!”

Y mientras, por el camino que se abría entre los campos de trigo de Auvers, un hombre manco avanzaba con determinación, sin proyectar sombra alguna, bajo el sol vertical del medio día.

© 2005 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en mi libro El abrigo de Clark Gable y otros relatos

Radiografía de una foto

Describir una fotografía, que nadie más que yo veo en esta ocasión, es una tarea difícil, y lo es sobre todo porque no puedo adjuntarla al presente artículo ya que pertenece a una postal y tiene su copyright.

Hace años que la compré yo misma en París y no para enviar sino para quedármela porque me gustó, sin embargo no es que se trate de una postal de esas que podríamos llamar de coleccionista, ni paisajes ni monumentos históricos, nada de eso, es vulgar e insignificante según como se contemple: un gato pequeño subido al mármol de una mesa en la terraza de cualquier bar anónimo, en este caso parisino. Detrás del gato el fondo se separa en dos partes, bajo un cielo nublado, a la derecha la acera, unos árboles y una parada de autobús, a la izquierda la fachada del bar (un bar de lujo) consistente en una larga vidriera dividida en paneles que reflejan la calle de una manera fantasmal y las sillas, que como un escuadrón de húsares, vacías, esperan a la clientela detrás de sus respectivas mesas.

El gato sobre la mesa —una mesa redonda, por lo que no podemos hablar de ángulos—, situado al borde de la misma, y en el centro de ésta dos tazas blancas con filo dorado, vacías también, una mostrando gotas secas de café en el costado visible, inmediato a una cucharilla plateada, y, tiradas de cualquier manera al lado de los platillos de ambas tazas unos papeles blancos arrugados que se supone deben ser servilletas.

El gato sobre la mesa se halla situado más a la diestra y su cuerpecito en el punto perfecto, intersección, que anula la monotonía de acera y sillas.

Es un gatito atigrado, gris (yo diría mejor una gatita) de orejas enhiestas y puntiagudas, su pelaje le envuelve como un abrigo suave y algodonoso en el que las rayas forman un gracioso estampado. El animalito contempla al fotógrafo y su gesto es todo un poema de expresividad, ¿quién dijo que los gatos parecen esfinges inescrutables?

Teniendo en cuenta que la foto fue una instantánea lo milagroso es que el gato posara, involuntariamente desde luego, un segundo o dos, tiempo suficiente para entrar en la posteridad inmortalizado, una posteridad de la que él jamás tuvo la menor idea porque esta fotografía fue tomada hace 24 años si hemos de fiarnos de la fecha que aparece situada en vertical, y con letra diminuta, en la esquina inferior de la imagen, a la derecha.

El gato mira al fotógrafo con una enorme curiosidad y sorpresa; parece que pensara: ¿quién eres y por qué haces estas cosas tan raras? De la misma manera me mira a mí, a todos los que adquieran la postal o la reciban, una curiosidad y una sorpresa que permanecerán por siempre inmovilizadas, fijas: un gatito atigrado de enhiestas orejas grises, y grandes, redondos, ojos verdes, que está empezando a conocer el mundo que le rodea.

Al verle por primera vez me dije “¡Pobre animalito, gato callejero sin duda a la búsqueda de restos comestibles en el entorno de los bares!”, más tarde, cuando se me pasó el arrebato sensiblero, me di cuenta de un detalle muy significativo, su pelaje era precioso, y estaba bien alimentado, además su expresión denotaba una curiosidad exenta de sobresalto o inquietud, y entonces caí en la cuenta de que debía ser propiedad de los dueños del bar. Un gatito mimado, con aires de amo y señor, que contempla tranquilamente a un intruso, a todas luces incomprensible, que le está fotografiando. Una nueva lección con la cual enriquecer sus experiencias callejeras.

¿Qué fue de este gato, qué vida tuvo, una existencia larga y feliz o por el contrario fue corta y acabó bruscamente?, ¿tuvo hijos?, detalle importante, ya que el creced y multiplicaos alcanza también a los animales.

Pequeño felino encaramado a la mesa de un bar, nunca lo sabremos, y, como todos los ilustres retratados de la historia, tu identidad permanecerá por siempre envuelta en el misterio para estimular la imaginación de quienes te contemplen: enhiestas orejas grises, redondos y grandes ojos verdes, naricilla rosada, blancos bigotes y boquita cerrada en un eterno rictus de estupor.

Mi gatito del recuerdo, como una flor prensada entre las páginas de un libro, compañero fiel mientras trabajo, mi pequeña mascota en cartulina, siempre juntos hasta el final de los días. Te quiero.

© 2011 Estrella Cardona Gamio

 

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.

Los puentes de Madison County

Creo que es el mejor libro de novela romántica auténtica escrito en el siglo XX, y no superado en el XXI, al menos todavía, es sensible, delicado y habla del amor de una manera que no hiere la sensibilidad de nadie, no es cursi y el final es el adecuado como era de esperar en toda novela de su género.

Lo que me extrañó muchísimo es que Clint Eastwood, la eligiera para realizar una película, parecía no cuadrarle habituados como estábamos a sus films de violencia y tiros, pero, contra toda suposición, acertó una vez más haciendo una adaptación magistral de la novela al conseguir lo que pocos logran, una reproducción perfecta.

¿Mi opinión?, una maravillosa novela que debe leerse y recomendar.

 

 Enlace relacionado: Club de lectura del grupo Café Literario.

¿Qué libros debo leer?

Muchas veces me han preguntado por la literatura que debe leer un escritor novel, y siempre respondo lo mismo basándome en mi propia experiencia de muchos años, (empecé a escribir a loa 8 y ya no he parado), hay que leer de todo, pero bueno, grandes autores de reconocido prestigio y extranjeros mayormente. Lo que no se debe hacer nunca es leer a los clásicos españoles cuando uno empieza, y sobre todo el Quijote hay que dejarlo para más adelante porque el lenguaje es arcaico y podría viciarnos a la hora de escribir. No es que reniegue de los clásicos españoles pero no es ejemplo a seguir para uno que empieza y anda perdido en la jungla de las letras, vivimos en el siglo XXI y eso no hay que olvidarlo.

Otra cosa que no se debe hacer bajo ningún concepto, es leer obras de principiantes, es decir, de amigos que también empiezan, porque todos hasta los consagrados, en sus comienzos también se equivocaban. Un novelista principiante nunca puede ser profesor de otro porque su obra siempre estará plagada de errores, y no hablo de ortografía, que conste.

Los que comienzan no deben jamás leerse entre sí y menos aconsejarse, ni alabarse mutuamente por simpatía o amistad. Es mejor que cada uno siga su camino en solitario.

Ahora hay talleres de literatura pero hace años no existían en España, todo escritor en ciernes era autodidacta, empezando por ser lector empedernido de autores que fueron sus maestros y muchos grandes escritores han pasado a la historia de la literatura, hablo en pretérito, con ese bagaje.

Lo importante es ser honesto con uno mismo, humilde y tener paciencia que todo llega. El éxito fácil no existe, y los genios no saltan como gazapos en el bosque. Ser escritor es un oficio duro y no hay que llegar a la meta el primero sino que hay que saber llegar… como dice la canción.

Aunque a veces uno no se entere, que esa es otra…