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He vuelto a Barsoom papá, he regresado de nuevo otra vez pero en esta ocasión lo he hecho sola porque tú no estás, y no vas a volver, por suerte nos queda Barsoom. ¿Recuerdas como paseábamos por sus páginas de aquel papel tan fino, mientras tú, o yo, sosteníamos las tapas forradas de rojo, muy apropiado, de eso tan suave al tacto como era la piel sintética? Y tú leerías en voz alta, o yo para mí, cuando estaba a solas ansiosa de saber las aventuras de John Carter para luego volverlas a escuchar de nuevo en tu voz, costumbre muy infantil o el culto a la repetición que tanto agrada a los niños. Así una y otra vez libro tras otro de la colección del guerrero de Marte… El Marte que nosotros idealizamos a través de la fantasía de Edgar Rice Burrougs. Un Marte con una princesa a la que había que salvar así como también a un planeta agonizante, los trabajos propios de un héroe.

Cuando mi padre y yo leíamos estas novelas ningún artilugio humano había llegado a Marte, era suelo virgen para astronautas y sueños, también para la fantasía de un escritor que sin necesidad de naves interplanetarias hacía que su héroe aterrizara en Marte con sólo desearlo en la noche de una zona desértica de Norteamérica, atraído por la llamada del diminuto planeta rojo, abría los brazos, respiraba hondo y el inconcebible milagro ocurría, sobraba la técnica espacial.

Yo de pequeña lo intenté alguna vez, pero mis ventanas chocaban con edificios más altos y, claro, no lo conseguí. Entones tampoco no abundaban, como es natural, fotos de los paisajes marcianos, a lo más se suponía pero de ahí no se pasaba, qué diferente es ahora papá que ya se editan libros con fotografías de hermosos, y desolados, paisajes marcianos, extensiones rojizas sembradas de piedrecillas y tierra muerta bajo un cielo que parece enfermo, montañas y colinas limadas por el tiempo, silencio sólo roto por el viento, y nuestra pequeña sonda avanzando con torpeza entre tierra y guijarros, tan conmovedoramente sola. Ahora dicen que hay grandes reservas de agua en el subsuelo, y eso ha llenado de gozo a los científicos quienes en su delirio de sabios solo ven crecer vergeles allí donde durante siglos no ha crecido un triste hierbajo desde que el planeta murió… Durante siglos, qué solitario suena. Durante siglos se ha especulado en una hipotética vida marciana, ¿la hubo, se le supone al menos, pero la fantasía se desboca cuando se descubren los desconcertantes “canales de Marte”, ¿son naturales, los hizo alguien? Han transcurrido muchos años desde entonces y la incógnita continúa a pesar de todos los adelantos porque de cierto nada se sabe y mucho se ha especulado y se especula.

Recuerdo, hace unos años, que se dio como noticia la foto in situ de una cara humana, no cabeza sino rostro, una cara perfecta con ojos nariz y boca que se podía contemplar muy bien. Primero se quiso creer que era un rostro esculpido en una montaña marciana, pero finalmente se desechó la suposición y nadie volvió a mencionarla dejando la respuesta en el misterio y posteriormente en el olvido.

Ese Marte tan despojado de encanto nunca me ha gustado, no es nuestro Barsoom papá, Barsoom como lo bautizara Edgar Rice Burrougs en su saga marciana de fantásticas aventuras y más fantásticas descripciones de ese planeta que en la antigüedad se adjudicó al dios de la guerra. Recuerdo que tú hiciste un dibujo de Barsoom y lo guardamos cuidadosamente doblado entre las páginas de uno de los libros de la colección, pero el libro, fueron varios libros, se perdieron en una mudanza y nos quedamos sin Barsoom. Supongo que quien lo encontrase se sorprendería mucho.

¿Sabes por qué he regresado a Barsoom, pàpá? Pues porque ya no hay fantasía, ni sueños, porque la realidad lo invade todo de mil formas groseras y vulgares y nos está asfixiando poco a poco. Es una contaminación contra la que no se puede luchar porque la gente es tan insensible que no se da cuenta de nada, por eso he regresado a Barsoom, a un mundo imaginario pero hermoso, un mundo que siempre existirá mientras haya alguien que se refugie en él para huir de la realidad.

Estrella  Cardona Gamio, 8 de septiembre, 2018