Acabo de darme un paseo por Google una visita virtual a las ciudades más contaminadas del mundo y ha sido peor que ver una película de miedo, porque esto, desgraciadamente, es real. Ciudades sin sol sumergidas en una neblina espesa y por lo visto, irrespirable ya que sus ciudadanos llevan tapabocas y se atreven a ir por la calle. CIUDADES MASIFICADAS AL MÁXIMO ya que en ellas abundan los edificios, colmenas humanas que crecen y crecen de manera monstruosa para albergar a humanos sin futuro ya que enfermarán y morirán de manera prematura. Visto lo visto no me extraña que en el mundo haya tantas enfermedades raras.

Y también me asombro de que los gobiernos no pongan freno a esta contaminación progresiva en su afán por construir y construir cubriendo la superficie de la Tierra de edificios y más edificios en detrimento de los bosques que son talados sin compasión, los bosques que han sido, y ya empiezan a no ser, los pulmones del planeta, la fiebre del ladrillo es una fiebre demencial que a la larga pagaremos todos y no con dinero precisamente.

Hasta los países que antaño nos seducían por sus exóticos paisajes, han perdido ese exotismo convirtiéndose en quilómetros de edificios que envuelve la polución atmosférica generada por las chimeneas industriales y por el tránsito automovilístico, eso por no hablar ya de la contaminación acústica.

Ruido, masificación, y tala indiscriminada de árboles, cuya madera se vende porque ese negocio es siempre rentable. Resultados, un mundo sin árboles que se ahogará en su propia neblina gris llena de partículas nocivas en suspensión, o sea el mundo de ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS? (para los que leen poco, la película BLADE RUNNER).

Un mundo sin sol, contaminado y repugnante, el mundo que nosotros mismos estamos fabricando.

Estrella Cardona Gamio