Sí, existen dos clases de escritores aunque no lo parezca.

El escritor vocacional que “escribe porque si no lo hace se muere”, en palabras de Mario Muchnik, y el comercial que escribe sólo para ganar dinero.

La diferencia es evidente, el primero escribirá toda la vida aunque no publique, o publique pero sin éxito, y el segundo escribirá siempre orientado cerebralmente a escribir de manera comercial con la intención de ganar dinero. Hace tempo pude oírle decir a Ken Follet, que a él le importaba muy poco pasar a la posteridad literaria, que lo que él quería era tener éxito y ganar dinero mientras viviera, lo demás no le importaba.

Confesión pública muy atrevida pero también muy sincera por lo que no debemos censurarle pues su franqueza evidencia que es un hombre honesto y no engaña a nadie con hipócritas diplomacias. Pero sus imitadores, que son legión, suelen fingir un amor por la literatura que están muy lejos de sentir, y el precedente, bastardeado, cobra así una dudosa carta de legitimidad en sus “herederos” que acostumbran tener un sector de público amplio, lo que nos lleva a otras especulaciones y éstas mucho más lamentables, o sea a descubrir que un gran sector de lectores quieren cantidad y no son exigentes respecto a calidad, lo cual implica una cultura literaria o muy escasa o bien nula. Yo les llamo devoradores de libros que no digieren; son aquellos que se entregan gozosamente a competiciones tales como “en tres meses me he leído 50 libros” con el desconcertante resultado de liarse a la hora de ubicar si el capítulo 4 de ”Fiebre de amar” corresponde a esta novela denominada rosa o a “Cadáver sin nombre”.

Público, por otra parte, que abunda para satisfacción de algunos editores que mantienen el curioso concepto de que los libros se venden a peso como las patatas.

Para ser un escritor comercial hay que tener calidad si se quiere estar entre los primeros, calidad, cultura, y fluidez. a la hora de novelar.

Edgar Allan Poe

En cuanto al sector de los escritores vocacionales, los románticos del empeño, Poe el primero y más significativo como su representante, nos lo demuestra ampliamente con toda su obra que va indisolublemente unida a una vida desdichada y económicamente miserable con un único ingreso debido a su trabajo literario, el cobro de 50 dólares por el poema El Cuervo.

Otro ejemplo lo tenemos en Herman Melville, autor del ya clásico Moby Dick, del que se vendieron sólo 17 ejemplares y al que la crítica no trató muy bien que digamos, hasta el punto de que ello le causó una depresión tan fuerte, que renunció a sus sueños reintegrándose al aburrido trabajo de funcionario con el que mantenía a su familia, lo que no le impidió escribir relatos que en vida suya jamás publicó.

El otro ejemplo que mencionaré es el de Emily Dickinson, excelente poetisa que murió sin saber que en el futuro, gracias a los buenos oficios de una sobrina, se convertiría en la poetisa más famosa de Norteamérica.

¿Ejemplos descorazonadores?, reales simplemente.

Y ya para concluir diré que me gustaría saber, en virtud de que raro milagro, los buenos escritores contemporáneos que ven publicadas sus obras con éxito y reconocimiento, cómo consiguieron dar ese paso tan importante y difícil que significa ser aceptado por un editor.

(Se advierte que cualquier parecido con los títulos de las dos novelas ficticias que se mencionan en el presente artículo, serían pura coincidencia y no copia.)

Imagen: Edgar Allan Poe
Daguerrotipo  por W.S. Hartshorn 1848. Copyright © 1904 C.T. Tatman