Siempre me he preguntado con asombro cómo un hombre de acción y autor de numerosos libros completamente alejados de los cuentos infantiles, pudo escribir uno como El Principito, la antítesis de toda su obra, y la génesis del libro también es asombrosa.

Fue un encargo.

Aunque aún faltaba tiempo, se acercaba la Navidad, y se le pidió que escribiera un cuento para publicarlo en esas fechas, ¿a quién pudo ocurrírsele semejante idea?

Lo sorprendente es que él aceptara y más sorprendente todavía el que lo escribiera tal como lo hizo, un cuento fuera de serie, único, que se aleja de todo sendero trillado: protagonistas, un piloto perdido en el desierto y un niñito que llega de un cuerpo celeste desconocido, y tan pequeño, que parece de juguete.

Creo que en estos dos personajes su autor se desdobló, un niño grande, al revelar en un organismo adulto la mente de un niñito llena de inocencia y poesía.

Tal vez Antoine de Saint-Exupéry, en el fondo no era más que eso, un niño grande, que, a diferencia de Peter Pan, sí creció.


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